La obra del Espíritu
La palabra parakletos puede traducirse de varias maneras. Para ayudar a descifrar cómo entender este término, podemos explorar los diversos contextos en los que se utiliza. La versión Reina-Valera la traduce como «Consolador». Otras versiones traducen «Abogado», «Ayudador», «Consejero» o «Intercesor». Parakletos se aplica a Jesús en 1 Juan 2: 1, donde se presenta a Cristo como el Abogado de los pecadores.
Los atributos del Espíritu también se adjudican a Jesús. Se dice que Cristo habitaba en los discípulos (ver Juan 14: 20; 15: 4-5), era su Maestro (13: 13), daba testimonio del Padre (14: 9-11) y se describía a sí mismo como la Verdad (14: 6). El Espíritu tiene los mismos atributos (14: 17, 26; 15: 26; 16: 13-14). También es significativo que el Espíritu identificara a Jesús como el Mesías y permaneciera con él (1: 32-33). Jesús envió al Espíritu para que estuviera con sus discípulos (15: 26; 16: 7). Así como el mundo rechazó a Cristo, también rechazó y rechazará la obra del Espíritu (3: 32-34; 6: 66; 8: 59; 14: 17). Jesús nunca abandonará a sus discípulos (14: 18). Puesto que no puede estar con nosotros físicamente, envió al Espíritu en su lugar.
Dada la polifacética función del Espíritu, el estudio de las traducciones de parakletos aporta algunas ideas nuevas. A pesar de su larga historia, el término «Consolador» pasa por alto algunas connotaciones de la palabra griega original. También es importante recordar el trasfondo jurídico de la palabra: de ahí viene «Abogado». Asimismo, el término implica el concepto «Amigo», el cual abarca gran parte de su significado. Podemos ver al Espíritu como nuestro Amigo y Abogado en el cielo. Él nos asiste cuando testificamos, obra para convencer al mundo de pecado y nos enseña lo que necesitamos saber; todo lo anterior, mientras aboga por nosotros en la corte celestial.
La obra del Espíritu tiene implicaciones directas en nuestra vida cotidiana. Juan, al elaborar un resumen de la obra del Espíritu en su Evangelio, plantea varios puntos importantes. El Espíritu nos guía para adorar a Dios «en espíritu y en verdad» (4: 23-24). No crea nueva información, sino que nos da nuevas percepciones y nos guía en la comprensión y aplicación de las enseñanzas de Jesús (14: 26; 15: 15). Esta labor hace que nuestro testimonio al mundo sea veraz. El Espíritu que actúa en y a través de los discípulos de Jesús conforta a quienes los rodean (7: 37-39).
En sus últimos capítulos, el Evangelio de Juan insiste en nuestro testimonio junto con el don del Espíritu. La noche de la resurrección, los discípulos se escondieron en el aposento alto, temerosos de lo que pudieran hacerles los romanos y los dirigentes religiosos judíos. A pesar de haber oído hablar de la resurrección, estaban inmovilizados por el miedo (20: 3-10, 18-19). De repente, Jesús apareció y les repitió su encargo. Con el propósito de prepararlos para el intenso trabajo que tenían por delante, Jesús «sopló» sobre ellos el Espíritu Santo (Juan 20: 21-23). Era un anticipo de la gran efusión del Espíritu que tuvo lugar poco después, en el Pentecostés. El propósito era el mismo: preparar a los discípulos para dar testimonio de Cristo.
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