Junto al pozo
La separación entre judíos y samaritanos se remonta a la conquista asiria del reino del norte de Israel. Era costumbre de los asirios llevar a los pueblos conquistados a nuevas tierras, para así desvanecer sus particularidades culturales y religiosas (2 Reyes 17: 24-30, 34). Las tribus conquistadas del norte de Israel nunca recuperaron su independencia. Se mezclaron profundamente con las culturas circundantes, y sus descendientes pasaron a ser conocidos como los samaritanos. Los judíos eran descendientes del reino del sur (Judá), y consideraban que la mezcla racial y cultural de los samaritanos iba en contra de la Torá, por eso los trataban con enorme prejuicio. Los judíos se enorgullecían de tener Jerusalén como el lugar de adoración elegido por Dios, y despreciaban a los samaritanos por desarrollar su propio lugar y sus costumbres de culto (ver Juan 4: 21). En los tiempos de Jesús, la relación entre samaritanos y judíos seguía siendo tensa.
Jesús llegó a Sicar hacia el mediodía. Tenía sed, hambre y cansancio (4: 6). La simple petición de Jesús a la mujer de que le diera agua para beber rompió todos los protocolos sociales. La reacción y la escueta respuesta de la mujer pone de relieve la transgresión social que había cometido Jesús. Como dijo Juan: «Los judíos no tienen trato con los samaritanos» (vers. 9). Aunque la interacción social necesaria (como comprar comida) estaba permitida, compartir utensilios comunes ciertamente sobrepasaba los «límites». Beber de su jarra de barro era contaminarse con ella. Con todo, Jesús no se centró en eso, pues no lo veía como una situación inapropiada sino como una oportunidad para dar vida. Invirtió de forma abrupta los papeles cuando le ofreció «agua viva» a la mujer (vers. 10). La expresión del Señor es un juego de palabras que puede entenderse como agua en movimiento, agua de un manantial o agua que da vida. En lugar de dar, la samaritana de repente tuvo la oportunidad de recibir.
La mujer no captó el juego de palabras de Jesús, y pensó en agua literal; de hecho, dudó de la capacidad de Jesús para proporcionársela. Además, llegó a cuestionar su identidad (vers. 11-12). No entendía cómo Jesús podía ser más grande que Jacob, pero aun con esa falta de comprensión ya había empezado a seguir una línea de pensamiento que aventajaba a la comprensión de Nicodemo. La respuesta de Jesús eludió por completo su pregunta y amplió su oferta, haciéndola aún más atractiva (vers. 13-14). Ofreció lo único que satisface la sed del alma. Quien beba de esta agua se sentirá satisfecho y sabrá a dónde acudir para beber de nuevo. Inmediatamente pidió el agua viva, a pesar de no comprenderla del todo (vers. 15). Anhelaba algo mejor que el agua del pozo de Jacob.
Antes de darle el agua viva, Jesús le pidió que llamara a su esposo (vers. 16). La petición la sobresaltó, así que trató de desviar la atención (vers. 17). Al leer la respuesta de Jesús, es importante recordar que sus palabras no conllevan un matiz condenatorio. El conocimiento de ella respecto a la historia la ayudó a comprender que estaba hablando con una persona extraordinaria; llegó a suponer que era un profeta. Bajo estas circunstancias, condujo la conversación hacia aguas teológicas e hizo una pregunta sobre dónde debía el pueblo adorar a Dios. Un tema polémico de la época que se originó en la tensa historia entre su pueblo y los judíos (vers. 19-20). Entrar en controversias suele ser más fácil que abordar los asuntos del corazón.
Jesús señaló la hora escatológica en la que no importará dónde se rinda adoración al Padre (vers. 21-24). En ese día, todas las categorías religiosas quedarán obsoletas. Esto lo enfatizó Jesús al afirmar que la hora ya había llegado. Juan quería que sus lectores comprendieran la misma lección: que el reino venidero no se define por una fecha futura. Irrumpe en el mundo hoy.
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Colaboradores: Joaquín Maldonado y Adriana Jiménez
