Una cuestión de confianza
La escena que ilustra esta parábola era familiar para la audiencia que la escuchó directamente de Jesús. En esa época, los trabajadores a menudo se reunían en el mercado a esperar que alguien les diera trabajo por el día. Quizá algunos de los presentes en la multitud que escuchaba a Jesús habían sido o eran trabajadores de ese tipo. Una vez que un terrateniente elegía a un trabajador, acordaban cuánto le pagaría. En la parábola, el primer grupo, que trabajó desde primera hora de la mañana, acordó que trabajan por un denario. Era un pago razonable; el salario normal para un obrero no calificado en la judea del primer siglo. Unas horas después, el dueño de la finca encontró más trabajadores «que estaban en la plaza desocupados» (Mateo 20: 3). Esto no quiere decir que fueran holgazanes, sino que nadie les había ofrecido trabajo todavía. Inmediatamente después de que el dueño los invita a trabajar, estos trabajadores fueron a la viña. Esta escena se repitió tres veces más a lo largo del día, casi hasta el atardecer.
Hay una gran diferencia entre el primer grupo de trabajadores y los que llegaron a última hora del día. No se trata solo de una jornada laboral más corta; la verdadera diferencia es que ellos no tenían un contrato de trabajo. No sabían cuánto ganarían, pero confiaron en el dueño, que les dijo: «Les daré lo que sea justo» (vers. 4). ¿Aceptarías un contrato así? Supongo que dependería de qué es «justo» para ti y qué es «justo» para el empleador. Probablemente, te harías preguntas ante un trato así. No obstante, sería diferente si supieras que el empleador es una persona justa, honesta y extremadamente generosa. Entonces, la declaración «te daré lo que sea justo» sería atrayente.
La parábola se vuelve más significativa todavía cuando identificamos a Dios como el dueño de la viña. Él nos invita a trabajar en su viñedo, que es el mundo. Según Jesús, hay que trabajar para difundir el evangelio a todas las naciones antes de que llegue el fin (ver Mateo 24: 14). Primero invitó a la nación de Israel para difundir el conocimiento del carácter de Dios, y las bendiciones y maldiciones de Deuteronomio 28 describen de forma clara la recompensa prometida por sus acciones. Ellos sabían qué esperar, ya fuera que eligieran aceptar la invitación de Dios o rechazarla. Algunos israelitas acataron el llamado, pero lamentablemente, muchos otros no lo hicieron. Más adelante, el llamado a trabajar en el viñedo se extendió a los gentiles. Ellos también recibieron la promesa de recibir «lo que sea justo». Y esta invitación se nos da a todos los que hemos aceptado a Jesús como Mesías. El acuerdo está basado en la confianza.
La parábola nos habla a nosotros hoy, seamos trabajadores eclesiales a tiempo completo, emprendedores, líderes del ministerio, evangelistas laicos, estudiantes o padres de dedicación exclusiva. Todos tenemos una esfera de influencia que podemos utilizar para difundir las buenas nuevas de Jesús. Cuando respondemos al llamado de Dios a trabajar en su viñedo, él cuida de nosotros. ¿Y el salario? Unos pocos segundos después de entrar en la eternidad sabremos que Dios nos da lo justo. La eternidad es nuestra recompensa, y está igual de disponible para todos. Sin embargo, el gozo del servicio puede comenzar ahora. Nuestra recompensa incluye las maravillosas experiencias que vivimos con Jesús cuando compartimos su amor con otros.
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