Un pacto roto
Josué comprendió que la derrota en Hai se había debido a que Dios había retirado su bendición de Israel. Como Israel había violado el pacto, Dios no podía seguir bendiciéndolos. Esto no era meramente el pecado personal de un individuo; todo el campamento de Israel era corporativamente responsable de su pacto con Dios. «Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto, el que yo les mandé. También han tomado algo del anatema, y hasta lo han robado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres» (Jos. 7: 11, RV95). Se trataba de una crisis nacional. Legalmente, Israel había incumplido su acuerdo con Dios y había perdido sus privilegios como pueblo del pacto. Más allá de eso, Israel tenía que estar condenado a la destrucción al igual que sus enemigos, a menos que el pacto pudiera ser reparado (v. 12).
Antes de que Jericó fuera tomada, Dios había sido inequívocamente claro en que todo en Jericó estaba consagrado a él. Nada en absoluto debía ser tomado como botín o para uso personal. Josué había anunciado a todos: «En cuanto a ustedes, cuídense de no tomar ni tocar nada de lo que hay en la ciudad y que el Señor ha consagrado a la destrucción, pues de lo contrario pondrán bajo maldición el campamento de Israel y le acarrearán la desgracia» (Jos. 6: 18). Nadie podía hacer como que no había entendido o no había oído. Desoír la orden de Dios era trivializar su milagro en Jericó y rechazar su pacto con Israel.
Solo había una solución. El Señor le dijo a Josué: «Levántate, santifica al pueblo» (7: 13, RV95). Esta palabra, «santificar», también significa «apartar». Dios había apartado a Israel del mundo tanto en identidad como en práctica. Al elegir traer un anatema al campamento, habían elegido identificarse de nuevo con el mundo. Este anatema tenía que ser eliminado para que ellos pudieran ser restaurados como pueblo del pacto de Dios. «Tú, Israel, has tomado lo que debió ser destruido por completo, y mientras no lo destruyas y lo eches fuera de ti, no podrás hacer frente a tus enemigos» (v. 13).
Josué se dirigió a la multitud y les dio a todos una noche para que se escudriñaran los corazones y confesaran sus pecados. Al día siguiente se echaron suertes, que finalmente señalaron como culpable a un hombre llamado Acán. Sin ningún lugar donde esconderse, Acán reconoció que había visto, codiciado y tomado para sí objetos prohibidos de las ruinas de Jericó. Entre los objetos había un bello manto importado de Babilonia, unos 2.3 kg de plata y una barra de oro de 0.6 kg. Con la esperanza de ocultar estas ganancias, Acán se había apresurado a esconder los objetos enterrándolos debajo de su tienda, pero no hay forma de esconderse de Dios. Acán se condenó a sí mismo, no solo por su propio testimonio, sino también por las pruebas innegables recuperadas de su tienda. Por haberse identificado con las cosas de Jericó, tuvo que sufrir el mismo castigo que el pueblo de Jericó.
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Memoriza tu pasaje favorito de Josué 7, 8. Escríbelo las veces necesarias a fin de que te ayude a memorizarlo.
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