Esta es una advertencia
El ministerio profético de Jeremías en el reino sureño de Judá se extendió desde el año 627 a. C. hasta poco después de la caída de Jerusalén en el 587 a. C. Esa fue una época de terrible decadencia espiritual y apostasía. Cuando Jeremías era apenas un adolescente, Dios lo designó para que fuera su portavoz y entregara un mensaje de destrucción inminente. El reino de Israel, en el norte, ya había caído en cautiverio en Asiria, pero Judá no había aprendido nada de aquella catástrofe. Debido a los pecados de Judá, los babilonios pronto los conquistarían y los llevarían al exilio. El mensaje devastador de Jeremías fue muy impopular, y él sufrió mucho por transmitirlo fielmente.
Jeremías sostuvo que la causa de la crisis inminente era que sus corazones estaban distantes de Dios. En su mensaje de advertencia se hacía énfasis en la corrupción de sus corazones. Describió los pecados del pueblo como inscritos en sus corazones con un «cincel de hierro» con punta de diamante (ver Jer. 17: 1), que simboliza la naturaleza inmutable del pecado de Judá. El pecado de la idolatría se había vuelto tan generalizado que sus hijos solo podían recordar altares paganos e ídolos de madera (vers. 2-3). Esto es un marcado contraste con Deuteronomio 6, donde leemos que Dios había ordenado a los padres que enseñaran sus preceptos diligentemente a sus hijos. Debido a que Israel había abandonado el pacto con Dios, Jeremías profetizó que la nación perdería las bendiciones de Dios y sería llevada cautiva por las naciones enemigas (vers. 4).
A través de Jeremías, Dios establece un marcado contraste entre las personas cuyos corazones son leales a él y aquellos cuyos corazones confían en la humanidad (vers. 5-8). El problema se agrava por el hecho de que el corazón humano es muy malo a la hora de diagnosticarse a sí mismo. No es para nada confiable y es propenso al autoengaño (vers. 9). Solo Dios puede escudriñar el corazón y determinar nuestra verdadera condición espiritual (vers. 10).
El diagnóstico que Dios hizo del corazón obstinado de la nación llevó a Jeremías a exclamar: «Sáname tú, Señor, y seré sanado; sálvame tú, y seré salvado, pues solo a ti te alabo» (Jer. 17: 14). Está claro que Jeremías sintió su propia depravación. Él quería que la nación regresara a Dios, pero en ese momento, examinó su propio corazón y reconoció su propia necesidad de restaurar una relación correcta con Dios.
El capítulo cierra con el deseo de Dios de ver a Judá guardar nuevamente el sábado (vers. 19-27). Para Dios, este era un tema muy serio: si no dejaban de trabajar en el santo sábado, vendría como consecuencia la destrucción de Jerusalén con un fuego que no se apagaría (vers. 27). El sábado era una señal de la lealtad y de la devoción de Israel a Dios. Su actitud hacia el sábado mostraba que sus altares de adoración estaban derrumbados y ponía en evidencia la podredumbre espiritual de sus corazones.
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¿Qué promete Jeremías 17 a quienes obedecen a Dios y santifican su sábado?
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2do trimestre 2025 «DE VUELTA AL ALTAR»
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Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez
