Reunión en la montaña
Cuando Dios llamó a Elías para que anunciara una sequía en el país, eligió a «un hombre de fe y oración cuyo ministerio intrépido estaba destinado a detener la rápida extensión de la apostasía en Israel» (Elena G. de White, Profetas y reyes, cap. 9, p. 79). Después de tres años y medio sin lluvia, las cosechas se perdían, las reservas se habían agotado y el pueblo estaba muriendo de hambre (ver Sant. 5: 17). El aire estaba cargado de tensión el fatídico día que Elías convocó a la nación a la cima del monte Carmelo, cuyas laderas, una vez verdes y exuberantes, estaban ahora quemadas por la sequía.
Aún mayor que la sequía física que azotaba a la nación era la sequía espiritual que había dejado al pueblo de Dios espiritualmente deshidratado, aunque parecían no darse cuenta. El malvado rey Acab y la reina Jezabel gobernaban Israel en ese tiempo. Acab cometió un gran mal al intentar satisfacer a su esposa sidonia (ver 1 Rey. 16: 29-33). Lo que comenzó con pequeñas concesiones religiosas se convirtió en una apostasía total (ver 1 Rey. 18). Acab había llegado tan lejos que construyó para Jezabel un templo a Baal en la capital, con 450 profetas, así como un poste de Asera, más otros 400 profetas que administraban ese culto pagano. Israel estaba en una profunda oscuridad espiritual.
Cuando Elías le dijo a Acab que se reuniera con él en el monte Carmelo (ver 1 Rey. 18: 19), ejerció una autoridad espiritual poco común: una autoridad que emanaba del tiempo que él mismo pasaba en el altar con Dios. La escena en el monte Carmelo era realmente macabra. La sangre corría por los cuerpos de los sacerdotes paganos que se habían cortado mientras clamaban a Baal y a Asera que enviaran fuego del cielo. Estos, sin embargo, no enviaron ningún fuego. Cuando llegó el momento de que Elías preparara su becerro, hizo algo bastante significativo: tomó doce piedras, una para cada tribu israelita, reconstruyó el altar derrumbado en el monte Carmelo y lo roció con agua (vers. 30-35).
Luego, «a la hora de ofrecer el holocausto», Elías ofreció su becerro a Dios en oración (vers. 36). La semana pasada, vimos que Dios instituyó los sacrificios de la mañana y de la tarde en la construcción del Tabernáculo del desierto (ver Éxo. 29: 38); cuando Salomón se preparó para construir el Templo en Jerusalén, David volvió a señalar que los sacrificios de la mañana y de la tarde eran fundamentales para la vida espiritual de la nación (ver 1 Crón. 23: 30). A través de Elías, Dios no solo estaba mostrando que él era el Dios verdadero, sino que ¡estaba trayendo a Israel de regreso a su altar de adoración diaria!
El silencio que había caído sobre el monte Carmelo se quebró cuando descendió fuego de Dios en el momento del sacrificio de la tarde, confirmando una vez más la suma importancia del culto diario. Este fue un mensaje inequívoco para la nación de Israel.
Regresa al texto que escribiste y estudia el pasaje.
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Memoriza tu versículo favorito de 1 Reyes 18: 30 al 40. Escríbelo varias veces a fin de que te sea más fácil recordarlo.
¿Qué nos dice el texto de la Escritura de esta semana acerca de cómo Dios nos prepara para la adoración?
¿Por qué Elías estaba tan seguro de que Dios enviaría fuego del cielo en un momento en el que había tanto en juego?
Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2025.
2do trimestre 2025 «DE VUELTA AL ALTAR»
Lección #06 «LA RESTAURACIÓN DE UN ALTAR DERRUMBADO»
Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez
