Y la paz que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús._Filipenses 4: 7_
El Pr. Arthur S. Maxwell relata, en la edición del 21 de diciembre de 1953 de la revista _Sing of the Times,_ su asistencia como observador en una gran reunión de evangélicos. Se estaba desarrollando un servicio de comunión y a continuación, poco antes de partir el pan, se realizó lo que ellos llamaban «la transmisión de la paz». Poniendo ambas manos en la mano derecha de sus asistentes, el ministro dijo a cada uno: «¡La paz de Dios sea contigo!» Entonces los dos hombres se aproximaron a los diáconos que servían y tomando la mano derecha de ellos, repitieron: «La paz de Dios sea con vosotros».
«Luego los diáconos comenzaron a moverse lentamente, descendiendo por los corredores y llevando la paz a todos los miembros. En cada banco, los diáconos se detenían y tomaban la mano derecha del miembro más cercano, y susurraban: ‘La paz de Dios sea contigo’. Ese miembro, a su vez, tomaba la mano de la persona que estaba más próxima y le pasaba el mismo mensaje. Yo contemplaba la conmovedora escena desde la galería. La esencia de todo era algo maravilloso. No se oía ningún otro sonido en la iglesia, a no ser el murmullo ocasional de las graciosas palabras: ‘La paz de Dios sea contigo’. Luego noté que los diáconos estaban arriba. Sentí un susurro en el banco que yo estaba sentado, miré a mi izquierda y vi una mano extendida, la mano de un extraño, esperando tomar la mía en amigable saludo. Un momento después oí las graciosas palabras: ‘La paz de Dios sea contigo’. Fue un momento tocante. No sabía que decir. Creo que dije: ‘Muchas gracias, Dios lo bendiga’. Entonces se despertó en mi la sensación de que era mi turno para transmitir la paz a alguien más; pero yo era la única persona en ese banco. Miré a mi alrededor, pero no había nadie a quien pudiera pasarla. ¿Había terminado o no la ceremonia conmigo? ¿Podría una cosa tan bonita tener fin? ¿No era el deber de cada participante continuar transmitiendo la paz de Dios, por el resto de su vida?»
«Mi paz os dejo», dijo Jesús, y al hacerlo nos confió la misión de que seamos la paz para el mundo. El cristiano vive en un mundo de aflicciones. Hay gente desesperada por todos lados: las familias de caen a pedazos; los jóvenes arruinan sus vidas con las drogas; las naciones se matan sin casi saber por qué. Y en medio de esa tormenta es donde el Señor Jesús desea que su pueblo se convierta en instrumento de su paz (Ver S. Juan 14: 27; 16: 33).
Es por eso que necesitamos diariamente vivir en la fuente de la paz, bañarnos en ella, y salir al mundo con la paz en la mirada y en la vida.
_Por Alejandro Bullón_
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“A Solas Con Jesus”
