martes , 21 julio 2026
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Matinal De Damas 2026

«INCLUSIÓN DIVINA»

«¡Hija, tu fe te ha sanado! —dijo Jesús— Vete en paz»

Lucas 8:48.

Jesús se dirigía a la casa de un jefe judío importante. Una mujer lo seguía. Hacía doce años que sufría de una enfermedad, tal vez metrorragia, o flujo excesivo fuera del ciclo menstrual. La enfermedad podía ser el resultado de trastornos inflamatorios y hormonales, tumores, problemas de coagulación, etc.

El hecho es que estaba debilitada. Había gastado todo su dinero en médicos y tratamientos. El Talmud establece al menos once tratamientos diferentes para la hemorragia: unos tónicos y astringentes; otros, místicos y bizarros, como cargar cenizas de huevo de avestruz en una bolsa de lino en el verano y en una bolsa de algodón en invierno o cargar un grano de cebada encontrado en las heces de una mula blanca.

¡Pobre mujer! En su última visita médica había escuchado la sentencia: «Incurable». Para empeorar las cosas, su enfermedad la tornaba impura. No podía tocar nada, ni a nadie. Tampoco podía ser tocada ni ir al Templo o a la sinagoga. Aparte de eso, un falso concepto de su enfermedad hacía que los otros la vieran como víctima del castigo divino por algún pecado cometido.

Excluida y sin esperanza, escuchó hablar de Jesús. Cuando supo que él estaba en la ciudad, aun cuando estaba débil y caminaba despacio, llegó hasta donde Jesús enseñaba, rodeado de una multitud.

Era imposible acercarse a él. En vano, lo siguió hasta la casa de Mateo. Frustrada, temiendo ser descubierta por algún conocido, vio a Jesús abrirse camino cerca de ella. ¡Era su oportunidad! Y, en un último esfuerzo, aguardó a que se acercara más y tocó suavemente el manto del Maestro. Inmediatamente sintió que estaba curada.

Renovada y vibrando de felicidad, se estaba retirando discretamente cuando escuchó que Jesús preguntaba quién lo había tocado. Él había distinguido el toque de fe del toque casual de los demás.

Percibiendo que Jesús la miraba, temblando, se lanzó a sus pies. Llorando de gratitud, le contó la historia de su sufrimiento, exclusión y cura. Jesús le dijo las pálabras del versículo de hoy, resaltando que no había sido el toque en su manto lo que la había curado, sino su fe; y la llamó hija.

Este es el único registro en los Evangelios en el que Jesús llama a alguien hija. De excluida, pasó a ser incluida por el mismo Jesús, quien la invitó a formar parte de su familia y ser un testimonio de su bondad. ¿Te sientes a veces invisible y excluida? Permítete ser alcanzada por Jesús. Nunca más estarás perdida en medio de la multitud.

Serás también llamada hija amada, a quien él desea dar el cielo.

Lecturas Devocionales para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.

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