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El ministerio del Salvador

«Jesús no pide a este enfermo que ejerza fe en él. Dice simplemente: “Levántate, toma tu lecho, y anda”. Pero la fe del hombre se aferra a esa palabra. […] De un salto se pone de pie, y encuentra que es un hombre activo.

»Jesús no le había dado seguridad alguna de ayuda divina. […] Son muchos los que comprenden su impotencia y anhelan esa vida espiritual que los pondría en armonía con Dios; luchan en vano para obtenerla. […] Alcen la mirada estas almas que luchan presa de la desesperación. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su sangre, diciendo con inefable ternura y compasión: “¿Quieres ser sano?”. […] Creed en su palabra, y se cumplirá. Poned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza».— Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 21, pp. 178-179

«Multitudes […] podían comprender sus palabras, y sus corazones eran consolados y alentados. Hablaba de Dios, no como de un Juez vengador, sino como de un Padre tierno, y revelaba la imagen de Dios reflejada en sí mismo. […] Tanto por sus palabras como por sus obras de misericordia, estaba quebrantando el poder opresivo de las antiguas tradiciones y de los mandamientos de origen humano, y presentaba el amor de Dios en su plenitud inagotable».— Ibid., p. 181

«Desde la ladera de la colina, él miraba a la muchedumbre en movimiento, y su corazón se conmovía de simpatía. Aunque interrumpido y privado de su descanso, no manifestaba impaciencia. Veía que una necesidad mayor requería su atención, mientras contemplaba a la gente que acudía y seguía acudiendo. “Y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor”. Abandonando su retiro, halló un lugar conveniente donde pudiese atender a la gente. Ella no recibía ayuda de los sacerdotes y príncipes; pero las sanadoras aguas de vida fluían de Cristo mientras enseñaba a la multitud el camino de la salvación».— Ibid., cap. 39, p. 338

«Nuestro Salvador dijo: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. […] Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” [Juan 6: 53-55]. Esto es verdad acerca de nuestra naturaleza física. A la muerte de Cristo debemos aun esta vida terrenal. […] Nadie, santo o pecador, come su alimento diario sin ser nutrido por el cuerpo y la sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan. Está reflejada en cada manantial».— Ibid., cap. 72, p. 630

«Después que Satanás fracasó en su intento de vencer a Cristo en el desierto, combinó sus fuerzas para que se opusiesen a su ministerio y si fuese posible estorbasen su obra. Lo que no pudo lograr por el esfuerzo directo y personal, resolvió efectuarlo por la estrategia. […] Se proponía obrar mediante sus agentes humanos en el mundo religioso, infundiéndoles su propia enemistad contra el campeón de la verdad. Iba a inducirlos a rechazar a Cristo y a hacerle la vida tan amarga como fuese posible, esperando desalentarlo en su misión. Y los dirigentes de Israel llegaron a ser instrumentos de Satanás para guerrear contra el Salvador».— Ibid., cap. 21, pp. 181-182

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