Siempre fresco y nuevo
«Las palabras: “Aun no ha venido mi hora”, indican que todo acto de la vida terrenal de Cristo se realizaba en cumplimiento del plan trazado desde la eternidad. Antes de venir a la tierra, el plan estuvo delante de él, perfecto en todos sus detalles».— Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 15, p. 126
«Así como los hombres presentan el mejor vino primero y luego el peor, así hace también el mundo con sus dones. Lo que ofrece puede agradar a los ojos y fascinar los sentidos, pero no resulta satisfactorio. El vino se trueca en amargura, la alegría en lobreguez. Lo que empezó con canto y alegría, termina en cansancio y desagrado. Pero los dones de Jesús son siempre frescos y nuevos. El banquete que él provee para el alma no deja nunca de dar satisfacción y gozo. Cada nuevo don aumenta la capacidad del receptor para apreciar y gozar las bendiciones del Señor. Da gracia sobre gracia. […] Si moramos en él, el recibimiento de un rico don hoy, nos asegura la recepción de un don más rico mañana».— Ibid., p. 127
«El vino que Jesús proveyó para la fiesta, y que dio a los discípulos como símbolo de su propia sangre, fue el jugo puro de uva. A esto se refiere el profeta Isaías cuando habla del “mosto en un racimo”, y dice: “No lo desperdicies, que bendición hay en él” [Isaías 65: 8]».— Ibid, p. 128
«Jesús condenaba la complacencia propia en todas sus formas; sin embargo, era de naturaleza sociable. Aceptaba la hospitalidad de todas las clases, visitaba los hogares de los ricos y de los pobres, de los sabios y de los ignorantes. […] No autorizaba la disipación, […] sin embargo, hallaba placer en las escenas de felicidad inocente, y con su presencia sancionaba las reuniones sociales. Una boda entre los judíos era una ocasión impresionante, y el gozo que se manifestaba en ella no desagradaba al Hijo del hombre».— Ibid., p. 129
«En la purificación del Templo, Jesús anunció su misión como Mesías y comenzó su obra. Aquel Templo, erigido para morada de la presencia divina, estaba destinado a ser una lección objetiva para Israel y para el mundo. Desde las edades eternas, había sido el propósito de Dios que todo ser creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el hombre, fuese un templo para que en él habitase el Creador. A causa del pecado, la humanidad había dejado de ser templo de Dios. Ensombrecido y contaminado por el pecado, el corazón del hombre no revelaba la gloria del ser divino. Pero por la encarnación del Hijo de Dios, se cumple el propósito del cielo. Dios mora en la humanidad, y mediante la gracia salvadora, el corazón del hombre vuelve a ser su templo».— Ibid., cap. 16, p. 137
«“En tres días lo levantaré”. A la muerte del Salvador, las potencias de las tinieblas parecieron prevalecer, y se regocijaron de su victoria. Pero del sepulcro abierto de José, Jesús salió vencedor. “Despojando los principados y las potestades, sacolos a la vergüenza en público, triunfando de ellos en sí mismo” [Colosenses 2: 15]. En virtud de su muerte y resurrección, pasó a ser “ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre” [Hebreos 8: 2]».— Ibid., cap. 16, p. 142
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