La recompensa de la gracia
«Hay muchos que se han entregado a Cristo y, sin embargo, no ven la oportunidad de hacer una gran obra o grandes sacrificios en su servicio. Estos pueden encontrar consuelo en el pensamiento de que no es necesariamente la entrega que se hace en el martirio la que es más agradable a Dios; puede ser que no sea el misionero que diariamente ha soportado el peligro y encarado la muerte, el que se destaque en primer plano en los registros celestiales. El cristiano que lo es en su vida privada, en la entrega diaria del yo, en la sinceridad de propósito y la pureza de pensamiento, en la mansedumbre que manifiesta bajo la provocación, en la fe y en la piedad, en la fidelidad en las cosas menores, aquel que en la vida del hogar representa el carácter de Cristo: esta persona, a la vista de Dios, puede ser más preciosa que el misionero o el mártir mundialmente conocido.
»¡Oh, cuán diferentes son las normas según las cuales Dios y los hombres miden el carácter! Dios ve muchas tentaciones resistidas de las cuales el mundo y aun los amigos más cercanos nunca saben nada: tentaciones en el hogar y en el corazón. Él nota la humildad que siente el alma al ver su propia debilidad, el sincero arrepentimiento hasta de un pensamiento que es malo. Él ve la devoción ferviente a su servicio. Él ha notado las horas de dura batalla con el yo, una batalla que obtiene la victoria. Todo esto lo saben Dios y los ángeles. Un libro de memoria es escrito ante él para aquellos que temen a Dios y meditan en su nombre.
»El secreto del éxito no ha de ser hallado en nuestro conocimiento, en nuestra posición, en el número que constituimos o en los talentos que se nos han confiado, ni en la voluntad del hombre. Sintiendo nuestra deficiencia, debemos contemplar a Cristo, y por medio de Aquel que es la fuerza de toda fuerza, el pensamiento de todo pensamiento, la persona voluntaria y obediente obtendrá una victoria tras otra.
»Y por corto que sea nuestro servicio o humilde nuestro trabajo, si con una fe sencilla seguimos a Cristo, no seremos chasqueados en cuanto a la recompensa. Aquello que aun los mayores o los más sabios hombres no pueden ganar, el más débil y el más humilde pueden recibir. Los áureos portales del cielo no se abrirán ante el que se exalta a sí mismo. No darán paso a los de espíritu soberbio. Pero los eternos portales se abrirán de par en par ante el toque tembloroso de un niñito. Bendita será la recompensa de gracia concedida a los que trabajaron por Dios con simplicidad de fe y amor».— Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, cap. 28, pp. 334-335
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Colaboradores: Joaquín Maldonado y Adriana Jiménez
