La pérdida infinita se encuentra con la misericordia infinita
«Satanás hizo creer a la santa pareja que ellos se beneficiarían si violaban la ley de Dios. ¿No oímos hoy día razonamientos semejantes? Muchos hablan de la estrechez de los que obedecen los mandamientos de Dios, mientras pretenden tener ideas más amplias y gozar de mayor libertad. ¿Qué es esto sino el eco de la voz del Edén: “Cuando ustedes coman del fruto de ese árbol”, es decir, el día que violen el divino mandamiento, “serán como Dios”? (Gén. 3:5). Satanás aseveró haber recibido grandes beneficios por haber comido del fruto prohibido, pero nunca dejó ver que por la transgresión había sido desechado del cielo. Aunque había comprobado que el pecado acarrea una pérdida infinita, ocultó su propia desgracia para atraer a otros a la misma situación. Así también el pecador trata de disfrazar su verdadero carácter; puede pretender ser santo, pero su elevada profesión únicamente hace de él un embaucador tanto más peligroso. Está del lado de Satanás, y al hollar la ley de Dios e inducir a otros a hacer lo mismo, los lleva hacia la ruina eterna. »
Eva creyó realmente las palabras de Satanás, pero esta creencia no la salvó de la pena del pecado. No creyó en las palabras de Dios, y esto la condujo a su caída. En el juicio final, los seres humanos no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante, los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás. […] »
El Hijo de Dios, el glorioso Soberano del cielo, se llenó de compasión por la raza caída. Una infinita misericordia conmovió su corazón al evocar las desgracias de un mundo perdido. Pero el amor divino había concebido un plan mediante el cual el ser humano podría ser redimido. La quebrantada ley de Dios exigía la vida del pecador. En todo el universo únicamente existía Uno que podía satisfacer sus exigencias en lugar de los seres humanos. Puesto que la ley divina es tan sagrada como el mismo Dios, solamente uno igual a Dios podría expiar su transgresión. Ninguno sino Cristo podía salvar al ser humano de la maldición de la ley, y colocarlo otra vez en armonía con el cielo».— Elena de White, Historia de los patriarcas y profetas, cap. 3, pp. 34, 35, 43, 44.
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Colaboradores: Joaquin Maldonado y Adriana Jiménez
