«En el ceremonial del templo, se añadía sal a todo sacrificio. Esto, como la ofrenda del incienso, significaba que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto aceptable para Dios. Refiriéndose a esta práctica dijo Jesús: “Todo sacrificio será salado con sal” (Mar. 9: 49, JBS). “Tengan sal en ustedes y vivan en paz unos con otros” (vers. 50). Todos los que quieran presentarse “como ofrenda viva, santa y agradable a Dios” (Rom. 12: 1), deben recibir la sal que salva, la justicia de nuestro Salvador. Entonces vienen a ser “la sal de la tierra” que restringe el mal entre los hombres, como la sal preserva de la corrupción. Pero si la sal ha perdido su sabor; si no hay más que una profesión de piedad, sin el amor de Cristo, no hay poder para lo bueno. La vida no puede ejercer influencia salvadora sobre el mundo. Su energía y eficiencia en la edificación de mi reino —dice Jesús— dependen de que reciban mi Espíritu. Deben participar de mi gracia, a fin de ser sabor de vida para vida. Entonces no habrá rivalidad ni esfuerzo para complacerse uno mismo, ni se deseará el puesto más alto. Poseerán ese amor que no busca lo suyo, sino que otro se enriquezca».— Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 48, p. 414
«El amor divino dirige sus más conmovedores llamamientos al corazón cuando nos pide que manifestemos la misma compasión que Cristo mostró. Solamente aquel que tiene un amor desinteresado por su hermano, ama verdaderamente a Dios. El verdadero cristiano no permitirá voluntariamente que un alma en peligro y necesidad camine desprevenida y desamparada. No podrá mantenerse apartado del que yerra, dejando que se hunda en la tristeza y el desánimo, o que caiga en el campo de batalla de Satanás.
»Los que nunca experimentaron el tierno y persuasivo amor de Cristo no pueden guiar a otros a la fuente de la vida. Su amor en el corazón es un poder competente, que induce a los seres humanos a revelarlo en su conversación, por un espíritu tierno y compasivo, y en la elevación de las vidas de aquellos con quienes se asocian. Los obreros cristianos que tienen éxito en sus esfuerzos deben conocer a Cristo, y para conocerlo, deben conocer su amor. En el cielo se mide su idoneidad como obreros por su capacidad de amar como Cristo amó y trabajar como él trabajó.
»“No amemos de palabra —escribe el apóstol—, sino de obra y en verdad”. La perfección del carácter cristiano se obtiene cuando el impulso de ayudar y beneficiar a otros brota constantemente de su interior. Cuando una atmósfera de tal amor rodea el alma del creyente, produce un sabor de vida para vida, y permite que Dios bendiga su trabajo».— Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, cap. 54, p. 410
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2023.
3er. trimestre 2023 EL LIBRO DE LEVÍTICO
Lección 3 «CUIDAR DE LOS DEMÁS»
Colaboradores: Pr. Brayan R Cedillo & Magda Sanchez

