La promesa de nuestra salvación.
«El reino de la gracia fue instituido inmediatamente después de la caída del ser humano, cuando se ideó un plan para la redención de la raza culpable. Este reino existía entonces en el designio de Dios y por su promesa; y mediante la fe los seres humanos podían hacerse sus súbditos. Sin embargo, no fue establecido en realidad hasta la muerte de Cristo. Aun después de haber iniciado su misión terrestre, el Salvador, cansado de la obstinación e ingratitud de los seres humanos, habría podido retroceder ante el sacrificio del Calvario. En Getsemaní la copa del dolor le tembló en la mano. Aun entonces, hubiera podido jugar el sudor de sangre de su frente y dejar que la raza culpable pereciera en su iniquidad. Si así lo hubiera hecho no habría habido redención para la humanidad caída. Pero cuando el Salvador hubo rendido la vida y exclamó en su último aliento: “Todo está cumplido”, el plan de la redención quedó asegurado. La promesa de salvación hecha a la pareja culpable en el Edén quedó ratificada. El reino de la gracia, que hasta entonces existió por la promesa de Dios, quedó establecido.
»Así, la muerte de Cristo —el acontecimiento mismo que los discípulos habían considerado como la ruina final de sus esperanzas— fue lo que las aseguradas para siempre. Si bien es verdad que esa misma muerte fuera para ellos cruel desengaño, no dejaba de ser la prueba suprema de que su creencia había sido bien fundada. El acontecimiento que los había lleno de tristeza y desesperación, fue lo que abrió para todos los hijos de Adán la puerta de la esperanza, en la cual se concentraban la vida futura y la felicidad eterna de todos los fieles siervos de Dios en todas las edades» (Elena G. de White, El conflicto de los siglos, cap. 20, pp. 347, 348).
«La muerte de Cristo demuestra el gran amor de Dios por la humanidad. Es nuestra garantía de salvación. Quitarle al cristiano la cruz sería como borrar del cielo el sol. La cruz nos acerca a Dios, y nos reconcilia con él. Con la perdonadora compasión del amor de un padre, Jehová contempla los sufrimientos que su Hijo soportó con el fin de salvar de la muerte eterna a la familia humana, y nos acepta en el Amado.
»Sin la cruz, el ser humano no podría unirse con el Padre. De ella depende toda nuestra esperanza. De ella emana la luz del amor del Salvador; y cuando al pie de la cruz el pecador mira al que murió para salvarlo, puede regocijarse con pleno gozo; porque sus pecados son perdonados. Al postrarse con fe junto a la cruz, alcanza el más alto lugar que pueda alcanzar el ser humano» (Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, cap. 20 , pp. 156, 157).
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Lección – Inverso 2026.
3er. Trimestre 2026 «LAS ESCENAS FINALES»
Lección 11 «LA MUERTE Y LA SEPULTURA»
Colaboradores: Felipe Torres y Esther Jiménez
