Un amigo de Dios
«El llamamiento del cielo le llegó a Abraham por primera vez mientras vivía en “Ur de los Caldeos” (Gén. 11: 31) y, obediente, se trasladó a Harán. Hasta allí lo acompañó la familia de su padre, pues con su idolatría ella mezclaba la adoración del Dios verdadero. Allí permaneció Abraham hasta la muerte de Taré. Pero después de la muerte de su padre la voz divina le ordenó proseguir su peregrinación. Su hermano Nacor, con toda su familia, se quedó en su hogar y con sus ídolos. Además de Sara, la esposa de Abraham, únicamente Lot, cuyo padre Harán había fallecido hacía mucho tiempo, escogió participar de la vida de peregrinaje del patriarca. Sin embargo, fue una gran compañía la que salió de Mesopotamia. Abraham ya poseía gran cantidad de ganado vacuno y lanar, que eran las riquezas del Oriente, e iba acompañado de un gran número de criados y personas dependientes de él. Se alejaba de la tierra de sus padres para nunca más volver, y llevó consigo todo lo que poseía, “todos los bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán” (Gén. 12: 5). Entre los que le acompañaban muchos eran guiados por motivos más altos que el interés propio. Mientras estuvieron en Harán, Abraham y Sara los habían inducido a adorar y servir al Dios verdadero. […]
» El sitio donde se detuvieron primero fue Siquem. A la sombra de las encinas de Moré, en un ancho y herboso valle, con olivos y ricas fuentes, entre los montes de Ebal y Gerizim, Abraham estableció su campamento. El patriarca había entrado en un país hermoso y bueno, “tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel” (Deut. 8: 7-8). Pero, para el adorador de Jehová, una espesa sombra descansaba sobre las arboladas colinas y el fructífero valle. “El cananeo estaba entonces en la tierra”.
» Abraham había alcanzado el blanco de sus esperanzas, pero había encontrado el país ocupado por una raza extraña y dominada por la idolatría. En los bosques había altares consagrados a los dioses falsos, y se ofrecían sacrificios humanos en las alturas vecinas. Aunque Abraham se aferraba a la divina promesa, estableció allí su campamento con penosos presentimientos. Entonces “apareció Jehová a Abram, y le dijo: ‘A tu descendencia daré esta tierra’” (Gén. 12: 7). Su fe se fortaleció con esta seguridad de que la divina presencia estaba con él, y de que no estaba abandonado a merced de los impíos. “Y edificó allí un altar a Jehová, quien se le había aparecido” (vers. 7). Continuando aún como peregrino, pronto se marchó a un lugar cerca de Retel, y de nuevo erigió un altar e invocó el nombre del Señor.
» Abraham, el “amigo de Dios” (Sant. 2: 23), nos dio un digno ejemplo. Desarrolló una vida de oración. Dondequiera que establecía su campamento, muy cerca de él también levantaba su altar, y llamaba a todos los que le acompañaban al sacrificio matutino y vespertino».— Elena G. de White, Patriarcas y profetas, cap. 11, pp. 105-106
Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2025.
2do trimestre 2025 «DE VUELTA AL ALTAR»
Lección #03 «RECUERDA NO OLVIDAR»
Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez
