Juicios infames
«Cristo iba a ser juzgado formalmente ante el Sanedrín; pero se le sometió a un juicio preliminar delante de Anás. Bajo el gobierno romano, el Sanedrín no podía ejecutar la sentencia de muerte. Podía tan solo examinar a un preso y dar su fallo, que debía ser ratificado por las autoridades romanas. Era, pues, necesario presentar contra Cristo acusaciones que fuesen consideradas como criminales por los romanos. También debía hallarse una acusación que le condenase ante los judíos. No pocos de entre los sacerdotes y gobernantes habían sido convencidos por la enseñanza de Cristo, y solo el temor de la excomunión les impedía confesarle».— Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 75, p. 662
«Cristo sufrió intensamente bajo los ultrajes y los insultos. En manos de los seres a quienes había creado y en favor de los cuales estaba haciendo un sacrificio infinito, recibió toda indignidad. Y sufrió en proporción a la perfección de su santidad y su odio al pecado. El ser interrogado por hombres que obraban como demonios, le era un continuo sacrificio. El estar rodeado por seres humanos bajo el dominio de Satanás le repugnaba. Y sabía que, en un momento, con un fulgor de su poder divino podía postrar en el polvo a sus crueles atormentadores. Esto le hacía tanto más difícil soportar la prueba».— Ibid., p. 663
«El Sanedrín había declarado a Jesús digno de muerte; pero era contrario a la ley judaica juzgar a un preso de noche. Un fallo legal no podía pronunciarse sino a la luz del día y ante una sesión plenaria del concilio. No obstante, el Salvador fue tratado como criminal condenado, y entregado para ser ultrajado por los más bajos y viles de la especie humana. […]
»Pero una angustia más intensa desgarraba el corazón de Jesús; ninguna mano enemiga podría haberle asestado el golpe que le infligió su dolor más profundo. Mientras estaba soportando las burlas de un examen delante de Caifás, Cristo había sido negado por uno de sus propios discípulos. […]
»Mientras los juramentos envilecedores estaban todavía en los labios de Pedro y el agudo canto del gallo repercutía en sus oídos, el Salvador se desvió de sus ceñudos jueces y miró de lleno a su pobre discípulo. Al mismo tiempo, los ojos de Pedro fueron atraídos hacia su Maestro. En aquel amable semblante, leyó profunda compasión y pesar, pero no había ira».— Ibid., pp. 670, 672
«Pilato deseaba conocer la verdad. Su espíritu estaba confuso. Escuchó ávidamente las palabras del Salvador, y su corazón fue conmovido por un gran anhelo de saber lo que era realmente la verdad y cómo podía obtenerla. “¿Qué cosa es verdad?”, preguntó. Pero no esperó la respuesta. El tumulto del exterior le hizo recordar los intereses del momento; porque los sacerdotes estaban pidiendo con clamores una decisión inmediata. Saliendo a los judíos, declaró enfáticamente: “Yo no hallo en él ningún crimen”».— Ibid., p. 689
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Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez
