Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Lucas 1:47.

Ella es María, la que no comprendía la oposición del Hijo ante los «sabios» de Jehová, la que lo vio cargar la cruz, en espera de la liberación que no llegó, la que miró los clavos desgarrarle las manos y, horrorizada, fue apartada del cuerpo que se quemaba en fiebre y se bañaba en sangre. Ella es María, la que al tercer día se llevó una sorpresa, la más grata de la historia: su Hijo resucitó. La muerte fue conquistada, y el pecado ya no fue más el lazo de los hombres.
A María pocos la ubican donde Dios la coloca. Unos ven mérito en su privilegio y la consideran divina y preexistente, como una cuarta persona de la Deidad. Pero la Escritura sólo reconoce a tres personas divinas unidas en un solo Dios verdadero: «Hay un solo Dios…». También la ven como abogada y sacerdotisa con su Hijo, pero Pablo añade: «Y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Tim. 2:5). Ella misma se reconoce «sierva» del Altísimo y, por contraste, admite su «bajeza», es decir, su condición humana» (Luc. 1:48). Sabe que necesita un Salvador (vers. 47).
Otros la rebajan. Son miopes ante su aporte a la historia religiosa y secular. Pero ella es bienaventurada sin ser diosa. El vientre de María fue el primer altar para el Dios encarnado; su pecho, su primer alimento; su palabra, su primera enseñanza; su amor, la primera respuesta humana a su encarnación redentora.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2019
«Volando Alto»
Por: Alfredo Campechano
Colaboradores: Abiur Juárez & Nay Badillo