«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.» Génesis 1:31
MIENTRAS Adán contemplaba a los animales que disfrutaban del calor del sol o que jugaban felices en los prados, pronto advirtió que andaban en parejas. Cada animal tenía una compañera. Junto al majestuoso león, caminaba una elegante y esbelta leona. Detrás de la cornamenta del venado, andaba una distinguida gama. Con el poderoso toro, había una mansa vaca. Cerca del tigre, estaba la tigresa. Junto al oso, aparecía la osa. No lejos del conejo, estaba la coneja, y así también ocurría con las jirafas y las zebras, los rinocerontes y los antílopes, los zorros y las ardillas.
Únicamente Adán estaba solo. Por cierto que los animales eran de lo más amigables con él. Cuando él los llamaba, ellos se detenían y lo miraban con sus grandes ojos de asombro, pero no podían decirle ni una sola palabra a cambio. Parece que el perrito era el que más lo entendía, y actuaba como si quisiera hablarle, pero todo lo que podía hacer era saltar de un lado para el otro, ladrar y mover la cola.
Muchas veces, Adán debe haberse preguntado por qué no había una compañera para él. Quizá comenzó a buscar una. Tal vez, por la necesidad que sentía en su corazón, llamó y llamó, esperando que alguien como él pudiera escuchar su voz y responderle. Quizá, en cierto modo, esperaba ver alguna hermosa criatura que saliese con paso majestuoso del bosque hacia él para ser su amiga especial y su compañera. Pero no salía nadie.
Pensando en estas cosas, se recostó en el pasto, mientras su sensación de soledad aumentaba. La tierra era muy hermosa; los animales muy amistosos y divertidos; pero no había nadie para conversar con él, nadie con quien pudiera compartir sus sentimientos; es decir, nadie salvo Dios.
De repente, Adán comenzó a tener mucho sueño. Esto era extraño, pensó. Nunca se había sentido así antes. ¿Qué podría estar pasándole? Trató de mantenerse despierto, pero no pudo. Con cada momento que pasaba, sentía más sueño, hasta que al final ya no pudo mantener los ojos abiertos. La tierra, las flores, los árboles, los animales, todo se desvaneció y pasó al olvido al entrar en un sueño profundo.
Ahora, Dios se acercó a él otra vez de la misma manera en que, un rato antes, había infundido en su nariz el aliento de vida. Con un rápido toque de sus manos suaves y creadoras, quitó una costilla de la criatura dormida que tenía delante y cerró la herida con infinita destreza.
«De la costilla que le había quitado al hombre, Dios el Señor hizo una mujer».
¡Qué cosa extraña hizo Dios! Si pudo hacer el sol, la luna y las estrellas diciendo: «¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche!»; si pudo hacer todos los animales diciendo: «¡Que produzca la tierra seres vivientes: animales domésticos, animales salvajes, y reptiles, según su especie!», ¿por qué no dijo: «Que haya una mujer»? Y ¿por qué, después de hacer a Adán, la criatura más maravillosa de su fascinante mundo nuevo, tomó una costilla de su cuerpo perfecto para hacer la compañera de su vida?
Debe haber habido una buena razón para que Dios actúe así, y me gusta pensar que fue porque quería que Adán supiera que su esposa, verdaderamente, era parte de él, para que siempre la tratase como a sí mismo. La Biblia nos cuenta que Dios creó a Eva para que fuese «una ayuda adecuada». ¡Y qué pensamiento más lindo! Ella debía estar siempre a su lado ayudándolo, trabajando con él, haciendo planes y compartiendo las alegrías de la vida con él.
Pero volvamos a observar a Dios en acción. Se nos dice que de la costilla de Adán «modeló» una mujer. Así como había «formado» al hombre del polvo de la tierra, así también ahora, con infinita sabiduría e ingenio, le dio forma a la que llegaría a ser la madre de toda la raza humana. ¡Con qué perfección formó los rasgos de su precioso rostro! ¡Con cuánta gracia le arregló el cabello largo y ondulado! ¡Con qué cariñoso esmero puso en su mente y su corazón toda la ternura, la suavidad y la dulzura, roda la infinita provisión de amor que quería que tuviese cada madre!
En menos tiempo del que se necesita para contarlo, frente a él estaba la criatura más bella de toda la creación, con los ojos chispeantes por el gozo de vivir, una tierna sonrisa que le daba a su bonito rostro una belleza incomparable.
Y ahora, lentamente y llena de gracia, da sus primeros pasos, mientras Dios la conduce para presentársela «al hombre».
Sorpresivamente, mira hacia abajo y ve a alguien durmiendo frente a ella. ¿Quién podrá ser?
Soñando quizá con la compañera que esperaba encontrar algún día, en algún lugar, en este maravilloso mundo que Dios le ha dado, Adán se despierta y abre los ojos. ¡Oh maravilla de maravillas! Allí, frente a él, está de pie alguien más bello de lo que se atrevería a soñar, un ser tan exquisito, tan noble, tan absolutamente encantador, que casi no puede creer que ella sea real. Al contemplar esos ojos radiantes, amables y comprensivos, inmediatamente se da cuenta de que esta es su pareja, su querida compañera que tanto había anhelado.
Y Adán dijo: «Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará ‘mujer’ porque del hombre fue sacada».
Es amor a primera vista. Instantáneamente, ambos parecen saber que se pertenecen el uno al otro. Ansiosamente, se toman de la mano y salen caminando juntos. Como rey y reina de la nueva tierra gloriosa, pasean por los campos llenos de flores, por las colinas tachonadas de árboles, por la playa bañada por las olas, explorando las maravillas de la creación de Dios y asombrándose ante la gloria de su poder.
Mientras tanto, no muy lejos, Dios mismo completa su felicidad al observarlos en silencio con tierno amor y se sonríe por la perfecta felicidad de ambos.
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel