DURANTE los 38 años siguientes, los hijos de Israel peregrinaron por el desierto. No se sabe mucho de lo que les ocurrió durante ese tiempo. Lenta, fatigosamente, se trasladaban de un lugar a otro, permaneciendo solo el tiempo necesario para que el ganado comiera el poco pasto que encontraban. Luego, volvían a marchar, quemados por el sol abrasador, sin rumbo ni esperanza.
Era una situación angustiosa y más de una vez deben haber pensado en el precio terrible que tenían que pagar por su falta de fe en Dios. Pero Dios escogió esta manera de mostrarles a ellos —y a todos lo que vendrían— cuán importante es creer en su Palabra y actuar de acuerdo con ella.
Uno tras otro, todos los que habían participado en la gran rebelión perecieron. Antes de que pasaran los 38 años, al menos 600 mil sepulcros quedaron esparcidos por el desierto cruel y solitario.
Aun cuando sufrieron mucho, Dios no los abandonó completamente. Todos los días de la semana, excepto el séptimo, enviaba maná para comer. Y desde el momento en que Moisés hirió la roca de Horeb, poco después de haber salido de Egipto, no les faltó agua para beber. No era que provenía de Horeb; pero siempre, cuando más la necesitaban, fluía fresca y pura del suelo rocoso.
El profeta Isaías escribió mucho tiempo después al respecto: «Cuando los guió a través de los desiertos, no tuvieron sed; hizo que de la roca brotara agua para ellos; partió la roca, y manaron las aguas») David recuerda que «brotó agua que corrió por el desierto corno un río».
Sin embargo, un día, cuando estaban llegando al final de su peregrinación, cesó la corriente de agua. Si hubieran contado cuidadosamente los años que habían andado errantes por el desierto, habrían tomado eso como una señal de que se estaban acercando de nuevo a la tierra prometida. Pero, en cambio, fueron otra vez a quejarse a Moisés y a Aarón, que eran ya muy ancianos.
—»¡Ojalá el Señor nos hubiera dejado morir junto con nuestros hermanos! —se lamentaron—. ¿Para qué nos trajiste a este desierto, a morir con nuestro ganado? ¿Para qué nos sacaste de Egipto y nos metiste en este horrible lugar? Aqui no hay semillas, ni higueras, ni viñas, ni granados, ¡y ni siquiera hay agua!»
Era la misma historia de siempre, la misma antigua queja. En cuanto las cosas empezaban a ir mal, anhelaban haber estado en Egipto y le echaban la culpa a Moisés de todas sus dificultades.
Y como tantas veces antes lo habían hecho, Moisés y Aarón se volvieron a Dios en busca de ayuda. Fueron a la puerta del tabernáculo y se inclinaron sobre su rostro. Cuando lo hicieron «entonces la gloria del Señor se manifestó ante ellos». Ellos habían envejecido, pero Dios era el mismo de siempre, todavía dispuesto a mostrarles la forma de resolver sus problemas.
—»Reúne a la asamblea. En presencia de ésta, tú y tu hermano le ordenarán a la roca que dé agua. Así harán que de ella brote agua».
De manera que Moisés y Aarón convocaron al pueblo para que se reuniera junto a la gran peña que dominaba el campamento. De pie junto a ella, Moisés exclamó:
—»¡Escuchen, rebeldes! ¿Acaso tenemos que sacarles agua de esta roca?»
Ahí fue donde Moisés cometió una gran equivocación. Olvidó dar la gloria a Dios por el milagro. Luego, cometió otro error. «Levantó la mano y dos veces golpeó la roca con la vara».
El agua brotó de la roca y la gente regocijada, se agachó para beber; el ganado, abrasado por la sed, se apresuró a llegar a la corriente fresca y burbujeante; pero Moisés y Aarón quedaron a un lado, fuera de la escena, solos y cubiertos de vergüenza.
«Por no haber confiado en mí, ni haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no serán ustedes los que lleven a esta comunidad a la tierra que les he dado».
El corazón de los ancianos desfalleció. ¿No podrían entrar en Canaán? ¿Después de todo lo que habían hecho por Israel, de todas las pruebas que habían soportado y de todo el larguísimo viaje que habían hecho? ¡Seguramente Dios se estaba equivocando! ¿Qué habían hecho para merecer semejante castigo?
Habían echado a perder algo muy hermoso. Habían arruinado la lección más importante que él deseaba enseñar no solo a Israel, sino a los habitantes de todo el mundo.
La roca era un símbolo de Cristo. El Salvador iba a ser herido una vez, pero no nuevamente. Él iba a ser «ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos»; no muchas veces.
Moisés había herido la roca una vez: en Horeb. Eso estaba bien. Había recibido instrucción de que lo hiciera así. Pero ahora la había herido de nuevo, de hecho, dos veces. Y Dios le había ordenado que le hablara, no que la hiriera, así como los pecadores pueden hablar a Cristo en cualquier lugar y en todo momento de necesidad, y recibir en su alma el agua de vida.
¡Pobres Moisés y Aarón! Quizá ellos no entendían todo esto como lo hacemos ahora, pero Dios no los culpó por no entenderlo, sino por no creer en su palabra ni obedecerla.
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Ale Martinez & Miguel Miguel
