martes , 9 junio 2026
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HISTORIA 02: DIOS Y LOS REZONGONES

POCO tiempo después de la muerte de Nadab y Abiú, alguien se dio cuenta de que la nube que se había posado sobre el tabernáculo durante las últimas siete semanas parecía estar moviéndose de nuevo. La noticia se esparció con rapidez por el campamento.

«¡La nube! ¡Miren la nube! ¡Se está moviendo!».

Y así era. Y se estaba moviendo hacia la tierra prometida. ¡Qué entusiasmo! ¡Por fin iban a salir del Sinaí! ¡Dentro de poco estarían en Canaán! Parecía demasiado bueno para ser verdad.

Con empeño, el pueblo empaquetó sus cosas y dobló sus tiendas, preparándose para el viaje. Se juntaron las vacas y las ovejas, y se pusieron los arreos sobre los bueyes.

Los levitas comenzaron a desarmar el tabernáculo, y a enrollar las grandes cortinas, cubriendo el precioso mobiliario con telas que habían sido preparadas con ese propósito. Pronto, todo el pueblo se hallaba en marcha.

El viaje duró tres días. Una vez más, la nube se detuvo, los levitas volvieron a armar de nuevo el tabernáculo, y las doce tribus acamparon alrededor de él. Al principio, el pueblo se hallaba muy feliz, más de lo que jamás había estado desde aquella noche maravillosa en que había salido de Egipto. Todos veían que por fin estaban avanzando. Pronto llegarían a Canaán, la tierra de sus sueños.

Eso era lo que pensaban, pero no sería así. Todavía no estaban listos para entrar en Canaán. Había muchas lecciones aún que debían aprender. Habían visto el milagro de Dios en el Mar Rojo. Habían escuchado su voz desde el monte Sinaí. Habían comido su maná diariamente durante muchos meses, pero no lo amaban de verdad. Su fe en él era todavía muy débil.

No habían permanecido muchos días en el nuevo campamento cuando de nuevo comenzaron a oírse murmuraciones entre ellos. Algunos se quejaban de una cosa, otros de otra. A algunos no les gustaba el horrible desierto en el que se encontraban, y querían volver otra vez al Sinaí. Otros lamentaban que no hubiera suficiente pasto para su ganado. Otros decían que tenían que caminar mucho para encontrar agua.

«Un día, el pueblo se quejó de sus penalidades que estaba sufriendo. Al oírlos el Señor, ardió en ira y su fuego consumió los alrededores del campamento».

Cuando el pueblo clamó a Moisés por ayuda, él oró a Dios y el fuego se apagó.

Pero aun esta lección no detuvo la murmuración por mucho tiempo. Pronto comenzó de nuevo. Algunos de entre la gente que habían salido junto con los hijos de Israel de Egipto comenzaron a quejarse en esta oportunidad; pero los israelitas rápidamente se les unieron. Ahora, el motivo era la alimentación. Estaban cansados del maná y deseaban carne.

«¡Quién nos diera carne! ¡Cómo echamos de menos el pescado que comíamos gratis en Egipto! ¡También comíamos pepinos y melones, y puerros, cebollas y ajos! Pero ahora, tenemos reseca la garganta; ¡y no vemos nada que no sea este maná!»

Había un tono despectivo en sus voces cuando se referían al maná, y a Dios no le agradó esa actitud. Y le complació aún menos el que todos empezaran a llorar, «cada uno a la entrada de su tienda».

¡Pobre pueblo insensato! Se acordaba de todas las cosas buenas que había tenido para comer en Egipto, pero se olvidaba de la esclavitud que había soportado, de los capataces, de los golpes y castigos, y del trabajo duro. Sí, y se había olvidado de todo lo que Dios había hecho en su favor durante los catorce meses de libertad que había gozado.

Una vez más Moisés se dirigió a Dios en procura de ayuda:

—»Todo este pueblo viene llorando a pedirme carne —exclamó—. ¿De dónde voy a sacarla?»

Dios le dijo que no se afligiera. Él haría que el pueblo tuviera carne, y que esa carne alcanzara para todo un mes.

—»Me encuentro en medio de un ejército de seiscientos mil hombres, ¿y tú hablas de darles carne todo un mes? —preguntó Moisés—. Aunque se les degollaran rebaños y manadas completas, ¿les alcanzaría? Y aunque se les pescaran todos los peces del mar, ¿eso les bastaría?»

—»¿Acaso el poder del Señor es limitado? ¡Pues ahora verás si te cumplo o no mi palabra!» —fue la respuesta del Señor. Moisés debió haber recordado también cómo Dios lo había ayudado a salir de una situación difícil semejante a esta en una ocasión anterior, poco tiempo después de salir de Egipto.

Al dia siguiente, el viento comenzó a soplar del lado del Mar Rojo, y con él también vinieron las codornices de nuevo, solo que en esta ocasión en incontables millares. El aire estaba repleto de ellas. Volaban muy bajo —»a una altura de casi un metro»— y, cuando pasaban, las personas las golpeaban con palos o las atrapaban con sus propias manos. Hombres, mujeres, niños y niñas, todos recolectaron montones de ellas.

¡Qué fiesta! Habían clamado por carne; ahora la tenían, y podrían comerla. Durante días y días no comieron otra cosa que codornices: por la mañana, a mediodía y por la noche. No se molestaron por juntar maná, sino que consumían solo codorniz. Y comieron carne hasta que se sintieron enfermos aun de verla.

Muchos comieron tanto, que enfermaron de veras. Se declaró una epidemia. Cientos de personas murieron como resultado de la gula y por intoxicación alimenticia. Cada día había más y más funerales.

Tantas personas murieron, que al lugar de esa primera etapa camino a Canaán se le dio un nuevo nombre: Quibrot Hatavá. Es un nombre largo, pero vale la pena recordarlo. Significa «sepultura de la glotonería», porque allí recibieron sepultura las personas dominadas por la gula y la codicia.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»

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