domingo , 19 abril 2026
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Las Bellas Historias de la Biblia

HISTORIA 02 – CARAVANA HACIA CANAÁN

«Estas son las generaciones de Taré: Taré engendró a Abram, a Nacor y a Harán; y Harán engendró a Lot» Génesis 11:27


CUANDO Abram llegó a ser adulto, todavía conservaba su deseo de seguir a Dios más que cualquier otra cosa en este mundo.

Un día, papá Téraj le dijo a su familia que debían abandonar la ciudad de Ur. Es probable que haya tomado esta decisión por iniciativa de Abraham, que quería dejar este centro de adoración a la luna. Parece que Dios le había dicho a Abraham que todas las naciones serían bendecidas por su intermedio.

Imagínate el alboroto que debe haber habido en Ur cuando se filtró la noticia de que Abraham estaba haciendo planes de irse. Sin duda, los vecinos se acercaron para preguntar por qué la propiedad de Téraj estaba a la venta, solo para descubrir que el anciano padre también se iba con él.

Cuando les dijo que no conocía el nombre del lugar al que iba, probablemente pensaron que se había vuelto loco. ¿Por qué alguien que estuviese cuerdo querría abandonar una ciudad magnífica y próspera como Ur de los caldeos para ir a un lugar del que no sabía absolutamente nada?

Pero Abraham sabia lo que estaba haciendo. El Dios a quien amaba desde la niñez le había hablado, y eso era suficiente. Quizá se preguntó qué quería decir Dios exactamente con esas palabras: «Por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra». Las únicas familias que él conocía eran las de alrededor de su casa y algunas otras a corta distancia de Ur. No tenía ni idea del plan que Dios tenía en mente para que llegase a ser la cabeza de un gran linaje de hombres piadosos mediantes los que finalmente vendría Jesús para cumplir la promesa que le había hecho a Adán en el jardín del Edén.

Pero aunque no pudo ver lo que veía Dios, estuvo dispuesto a confiar en él y a seguirlo donde él lo guiará. Y ese es un buen ejemplo para todos los niños y las niñas actuales. Cuando Dios dice: «Levántate y anda», es bueno obedecerle por encima de toda duda. Porque los planes de Dios son solo para nuestro bien, y podemos estar seguros de que al final del viaje tendrá una rica bendición esperándonos.

Por fin todo estuvo listo. Todo el equipaje había sido empaquetado en bultos y atados al lomo de los animales. Abraham había dado una última mirada para asegurarse de que no se olvidaba nada. Los siervos que cuidaban los rebaños y las manadas estaban aguardando la orden de partida.

En aquellos días lejanos, la gente no viajaba en automóvil, tren ni avión. Todos caminaban o montaban en camellos o asnos. Y cuando llevaban consigo ganado u ovejas, tenían que ir al paso de los terneritos o los corderitos. No podían apresurarse como nosotros ahora. No se podía apretar el acelerador para ir más rápido como ahora. Tenían que conformarse con viajar lentamente, cubriendo solo pocos kilómetros por día.

Imagínate la caravana lista para emprender el viaje. Primero, quizá, había algunas cabras seguidas de un rebaño de ovejas y una manada de vacas, siervos que los cuidaban y perros para evitar que se extravíen.

Estos siervos llevaban esposas, hijos y todas sus posesiones consigo, porque cuando la cabeza de una familia se mudaba, todos sus ayudantes iban con él también. Luego venían Abraham y su esposa, Sara, y su anciano padre Téraj, todos probablemente montados sobre camellos o burros y seguidos de más animales y siervos.

En algún lugar de la caravana estaba Lot, el sobrino de Abraham, que parece haber llegado a formar parte de la familia de su tía después de la muerte de su padre. Él también tenía siervos que cuidaban de su ganado, lo que hacía que la caravana fuese más larga todavía.

Probablemente el padre Téraj, que todavía era el jefe de la familia aun cuando estaba saliendo por iniciativa de Abraham, haya dado la orden de partida. A medida que su orden iba pasando de boca en boca a través de la larga línea de espera de gente y animales, los siervos entraron en acción.

Los perros ladraron. Los camellos arrodillados, cargados con bultos pesados, se pararon y se echaron a andar. El ganado se adelantó, contento de estar en movimiento nuevamente. Los niños más pequeños caminaban de la mano de sus madres y los niños y niñas más grandes corrían alegremente de aquí para allá disfrutando del alboroto.

Finalmente, llegaron a un lugar llamado Jarán. Quizá algunos de sus parientes vivían allí. De cualquier modo, Abraham decidió detenerse allí por un tiempo y darles descanso a todos. Había muchas cosas para hacer en un grupo tan numeroso. Además, el anciano padre Téraj no se estaba sintiendo muy bien. Así que acamparon en Jarán y se quedaron allí un largo tiempo.

¡Y todo esto porque un hombre había oído la voz de Dios y decidió obedecerle! Sí, Abraham partió rumbo a un gran destino. Débilmente, a lo lejos en un futuro distante, había vislumbrado una hermosa ciudad, «de la cual Dios es arquitecto y constructor».* Estaba cambiando la pequeña Ur por la Nueva Jerusalén.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel

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