EL REY DE LA GRACIA Y SUS SÚBDITOS
«A todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios».
Juan 1: 12, NTV
Cuando el pecado de Adán hundió a la humanidad en la miseria y la desesperación, Dios podría haberse separado de los caídos. El Creador podría haberlos tratado como merece que se -trate a los pecadores. Podría haber enviado a sus ángeles para que derramaran sobre nuestro mundo las copas de su ira. Podría haber hecho desaparecer esta oscura mancha del universo. Pero no lo hizo. En lugar de echarlos de su presencia, el Eterno se acercó más a la raza caída. Dio a su Hijo para que llegara a ser hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne. «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad» (Juan l: 14, NBLA). Cristo, mediante su relación con los seres humanos, colocó a la humanidad aún más cerca de Dios. Revistió su naturaleza divina con el manto de la humanidad, y demostró ante el universo y los mundos no caídos, cuánto ama Dios a los seres humanos.
El don de Dios en favor de la raza humana excede a todo cálculo. Nada se escatimó. El Señor no podía permitir que se dijera que podía haber hecho algo más, que podía revelar a la humanidad un amor mayor En el don de Cristo, dio todo el cielo.— Hijos e hijas de Dios, 5 de enero, p. 13.
La filiación divina no es algo que podamos alcanzar por nosotros mismos. Únicamente a los que reciben a Cristo como su Salvador se les concede la facultad de llegar a ser hijos e hijas de Dios. El pecador no puede liberarse del pecado por ningún poder inherente en sí mismo. Pero la promesa de la adopción se ofrece a todos aquellos que «creen en su nombre» (Juan 1: 12). Todo el que venga a Jesús con fe, recibirá perdón.— Ibíd., 6 de enero, p, 14.
Dios se iba a manifestar en Cristo, «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Cor. 5: 19). El ser humano se había envilecido tanto por el pecado que le era imposible por sí mismo ponerse en armonía con Aquel cuya naturaleza es bondad y pureza. Pero después de haber redimido al mundo de la condenación de la ley, Cristo podría impartir poder divino al esfuerzo humano. Así, mediante el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo, los caídos hijos de Adán podrían convertirse nuevamente en «hijos de Dios» (1 Juan 3: 2).— Patriarcas y profetas, cap. 4, p. 44.
Cuando un alma recibe a Cristo, recibe poder para vivir la vida de Cristo.— Palabras de vida del gran Maestro, cap. 24, p. 259.
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
