«Dichosos más bien —contestó Jesús— los que oyen la palabra de Dios y la obedecen” (Luc. 11:28)
Yo estaba alarmado. Leyendo un libro sobre bebés, descubrí que el bebé promedio dice entre cuatro y seis palabras comprensibles a los quince meses. Esto me preocupaba porque indicaba que los bebés «promedio” estaban hablando un mes antes que la edad que ya tenía mi hijo.
Reef todavía no hablaba. Y no solo eso: parecía que había rechazado el idioma de los adultos y estaba tratando de enseñarnos el idioma de los bebés. Una mañana estábamos leyendo un libro sobre perros. Él señaló una imagen de uno de nuestros fieles amigos y dijo: «Ta… to”.
—Perro —respondí yo.
Él señaló de nuevo, y dijo:
—Ta…to
—No, es un perro —repetí.
El niño me miró con una cara que indicaba que estaba esforzándose por ser paciente con un alumno tan lento. Señaló otra vez, y dijo con insistencia —¡Ta… to!
«Ta„. to» era su palabra preferida, que podía describir muchas cosas: un perro, un gato, el auto y, por lo que yo entendía, ciertos aspectos de la física cuántica.
Debo decir que ambas abuelas opinaban que nuestro hijo ya había hablado. Como esa vez en que su cochecito giró por uno de los pasillos del supermercado y él vio un estante de tractores. «Ta… to», declaró; y mi madre estaba segura de que había dicho «tractor». No, pensé yo, esa es la palabra de Reef para los perros y para la segunda ley de la termodinámica.
Al menos eso era lo que yo solía pensar. Entonces, Reef me llevó de la mano hasta el armario, señaló un tractor amarillo, y dijo: «Ta… to». Fue entonces que caí en la cuenta. «Tractor» es su palabra preferida. Quizás él había estado hablando todo el tiempo y yo no estaba escuchando.
Una de las cosas más difíciles de hacer, además de sumar fracciones, es escuchar de verdad. A nuestra familia. A nuestros compañeros. A Dios. Kim
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Tomado de: Lecturas Devocionales de Adolescentes 2020
“Una idea genial”
Por: Kim Peckham
Colaboradores: Esteban Cortes & Antonia H
