«Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia» Salmo 66:20

Una tarde, cargada de sueños e ilusiones, caí de rodillas. Cuando me puse en pie, sin dudar más, hice mis valijas, decidida a depender de Dios, aunque aún no estaba segura hacia donde iría exactamente.
Al final del día, cuando mis padres llegaron, se encontraron con una maleta llena y una hija que estaba decidida a emprender un largo viaje. ¡Que sorpresa! Días después, me encontré con una amiga que estudiaba en la Universidad Peruana Unión (UpeU), y me habló de la educación adventista y de la bendición que significa para la vida de una joven. Esa fue la respuesta a mi oración.
Mis padres, con expectativa y cierto temor, me apoyaron, convencidos de que la UPeU era el mejor lugar para una hija de Dios. Pidiendo la dirección del Señor, me acompañaron a hacer los trámites necesarios para salir del país. Cuando reuní todos los requisitos para ingresar en la universidad, viajé al Perú donde se encuentra la Universidad. Mi corazón latía fuertemente porque mi sueño empezaba a hacerse realidad.
Esta aventura de fe no quedó allí. Cuando finalicé mi carrera, Dios me tenía preparado un compañero, con quien formé una familia feliz que sirve a Dios y a la Iglesia. Hace unos meses recibí el mejor regalo del Cielo: mi hijo Matías, una razón más para agradecer y alabar al Creador, porque infinitas son su misercordias cada mañana.
Sandra V. Revelo Aulestia de Quinteros, Perú
Tomado de:
Lecturas devocionales para Damas 2014
“De mujer a mujer”
Por: Pilar Calle de Hengen