«Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro». Salmo 89: 14
Mediante Jesús, la misericordia de Dios fue manifestada a los seres humanos; pero la. misericordia no pone a un lado la justicia. La ley revela los atributos del carácter de Dios, y no podía cambiarse una jota o una tilde de ella para ponerla al nivel de la humanidad en su condición caída. Dios no cambió su ley, pero se sacrificó, en Cristo, por la redención del ser humano. «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Cor. 5: 19). El amor de Dios ha sido expresado en su justicia no menos que en su misericordia. La justicia es el fundamento de su trono y el fruto de su amor. Había sido el propósito de Satanás divorciar la misericordia de la verdad y la justicia. Procuró demostrar que la justicia de la ley de Dios es enemiga de la paz. Pero Cristo demuestra que en el plan de Dios están indisolublemente unidas; la una no puede existir sin la otra. «La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron» (Sal. 85: 10).
Por su vida y su muerte, Cristo demostró que la justicia de Dios no destruye su misericordia, que eL pecado podía ser perdonado, y que la ley es justa y puede ser obedecida perfectamente. Las acusaciones de Satanás fueron refutadas.— El Deseado de todas las gentes, cap. 79, pp. 723, 724.
La gracia de Cristo y la ley de Dios son inseparables. En Jesús la misericordia y la verdad se encontraron. Era el representante de Dios y el ejemplo de la humanidad. Presentó ante el mundo lo que la humanidad podría llegar a ser cuando se uniera por fe con la divinidad. El unigénito Hijo de Dios tomó sobre sí la naturaleza del hombre y estableció su cruz entre la tierra y el cielo. Mediante la cruz, el ser humano fue atraído a Dios, y Dios al ser humano. La justicia se inclinó desde su puesto elevado y sublime, y las huestes celestiales, los ejércitos de la santidad, se acercaron a la cruz, inclinándose con reverencia, pues en la cruz se satisfizo la justicia. Mediante la cruz, el pecador fue rescatado de la fortaleza del pecado, de la confederación del mal, y cada vez que se acerca a la cruz se enternece su corazón y clama arrepentido: «Fueron mis pecados los que crucificaron al Hijo de Dios». Deja sus pecados en la cruz y se transforma su carácter por la gracia de Cristo.— Mensajes selectos, t. 1, cap. 53, pp. 409, 410.
EL TRONO DE GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
