“Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó, y se hizo grande bonanza”. Marcos 4:39
Al atardecer, la pequeña barca pesquera cruzó el Mar de Galilea. Jesús y sus discípulos habían hecho ese viaje muchas veces, pero hoy todo era diferente. En apenas instantes, se desencadeno una tormenta impresionante. El viento azotaba sin misericordia las olas alzadas, mientras sobre ellas el bote sucumbía al capricho de su ira. Los avezados pescadores, ahora presos del pánico, creían que morirían. Desesperados, mientras Jesús dormía en la popa, llegaron hasta él con la pregunta inevitable:
—¡Maestro! ¿No tienes cuidado que perecemos?
Jesús se levantó, y alzando su mano hacia los elementos, “reprendió al atento, y dijo al mar: Calla, enmudece” (Mar. 4:39). Al son de dos palabras de su boca, todo cambió. Se disiparon las nubes oscuras. El viento cesó. Las olas amainaron “y se hizo grande bonanza” (vers. 39).
Frente al quieto cristal de las aguas azules, los discípulos apenas podían creerlo. “¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Mar. 4:41).
¿Quién podía ser sino el que tiene el poder de todos los elementos en sus manos? El que puede transformar aun la situación más peligrosa. El que tiene bajo control la naturaleza toda. Aquel a cuya voz hasta el viento y el mar obedecen.
Jesús crea la paz, y promete traerla a cada uno de nosotros.
En el mundo suceden cosas terribles. Se avecinan más y más problemas, pero Jesús ha vencido ya el mal de la Tierra. Ha vencido el caos externo e interno. Es mucho más poderoso que cualquier cosa que pueda pasarnos. Por eso puede traernos paz.
Hay un poder enorme detrás de la paz que da Cristo, un poder que podemos reclamar en nuestras circunstancias más difíciles, cuando nos sobrecoge la ansiedad o nos atormenta la preocupación.
El miedo se reduce a aquello en lo que más pensamos. Y la paz se reduce a aquello en lo que más pensamos. Por eso, el apóstol Pablo nos transmite la gloriosa promesa de la paz en su carta a los Filipenses.
Hay una paz que sobrepasa todo entendimiento. Cuando nuestras mentes no pueden entender, nuestros corazones pueden todavía confiar. Podemos allegarnos al Cristo que calmó la tormenta de ayer, y dejar a sus pies todas nuestras preocupaciones, ansiedades, temores y tensiones. ¿Cómo? De un modo sencillo: eligiendo conscientemente confiarle plenamente nuestras vidas, concentrándonos en su paz antes que en nuestros problemas, permitiendo que la fe disipe nuestro miedo.
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
