«Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligara a contaminarse». Daniel l: 8
DANIEL ERA MUY JOVEN cuando fue llevado cautivo a Babilonia. Tenía quince o dieciséis años, y por eso él y sus amigos son llamados «muchachos» (Dan. 1, 4, 10, 13, 15, 17). ¿Por qué Daniel rehusó consumir el suculento menú real? ¿Por qué rechazó el vino que el rey tomaba, siendo que le había sido ofrecido por mandato del propio monarca? Sabía que si bebía vino podría llegar a gustarle y preferirlo al agua.
Daniel pudo haber argumentado que en la mesa real, y frente a la real orden, él no tenía opción. Pero él y sus compañeros reflexionaron los cuatro juntos. Discutieron el asunto a fondo y con toda seriedad, tratando de ver en qué podrían mejorar sus facultades físicas y mentales mediante el uso del vino; y llegaron a la conclusión de que el vino era una trampa. Estaban familiarizados con la historia de Nadab y Abiú escrita en los rollos. En aquellos hombres el consumo de vino había incrementado su gusto por el alcohol. Así que bebieron antes de realizar el servicio sagrado en el Santuario, y sus sentidos se embotaron. No pudieron distinguir entre el fuego sagrado y el común. Con sus cerebros entorpecidos hicieron lo que el Señor había prohibido a los que servían en el oficio santo. A pesar de que Dios había ordenado expresamente que se usara solamente el fuego sagrado que él mismo había encendido y que nunca debía apagarse, ellos colocaron fuego común en sus incensarios.
Daniel y su compañeros amaban la verdad que había llegado hasta ellos a través de labios humanos, transmitida de generación en generación. La imagen de Dios estaba grabada en sus corazones.
Otro asunto que estos jóvenes cautivos tomaron en cuenta fue que el rey siempre pedía una bendición antes de sus comidas, y se dirigía a sus ídolos. Separaba una parte de sus platos, así como del vino, a fin de presentarla a los ídolos a quienes adoraba. Esta porción, de acuerdo con la instrucción religiosa que habían recibido, consagraba la totalidad al dios pagano. Daniel y sus tres compañeros consideraron que sería deshonrar al Dios del cielo sentarse a la mesa donde se practicaba tal idolatría.
Aquellos cuatro jóvenes decidieron que no podrían participar del menú real, y consumir lo que se les ofrecía y participar del vino, todo lo cual además había sido dedicado a un ídolo. […] No hubo presunción en ellos, sino un firme amor por la verdad y la justicia• No es que hubieran elegido ser peculiares, sino que tuvieron que serlo, ya que de lo contrario habrían corrompido sus hábitos en las cortes de Babilonia. — Manuscrito 122, 10 de marzo de 1897, «Daniel»
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“Alza Tus Ojos”
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Lisseth Orduz & Michelle Ramírez
