Siempre que voy de viaje lo reviso todo: el hotel, las horas de vuelo, quién me irá a recoger al aeropuerto, el alquiler del auto, el dinero que necesito para comida y otros gastos … Siempre trato de anticiparme a cualquier imprevisto, ya que a veces las cosas no salen según lo planificado. Además, nunca duermo bien cuando estoy de viaje porque me preocupa que algo salga mal. Desde luego, esos son viajes planificados y controlados que debería disfrutar sintiéndome tranquilo, ya que la Palabra dice: «Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes» (1 Ped. 5: 7).
La forma en que vivimos y_ en que nos cuidemos mutuamente tendrá mucho que ver con nuestro destino.
Luego pienso en hombres, mujeres y niños que se ven forzados a dejar sus hogares, huyendo de la pobreza, del hambre, de la violencia e incluso de la muerte. En algunos casos no saben a qué lugar irán, viajando en ocasiones en contenedores de carga como si fueran sardinas; o en algún bote atiborrado; o quizá caminando centenares de kilómetros. La única ropa que tienen es la que llevan puesta. El único dinero que tenían es el que pagaron a los inescrupulosos que los han llevado hasta el lugar en que se encuentran. Nadie los está esperando, no cuentan con un lecho para descansar durante la noche, no tienen comida para mitigar el hambre de días o semanas. No me siento cómodo con las imágenes de niños pequeños en los pasos fronterizos, o llevados en los brazos de sus madres mientras estas huyen, llorando a causa de las dificultades o por el temor a lo desconocido.
Nuestros privilegios deberían ser empleados para ayudar a esos necesitados. Deberíamos dedicar un minuto a considerar cuán bendecidos somos, recordando luego que Dios es el Creador de todos. Los seres humanos deberían tratar a sus prójimos de la misma forma que desean ser tratados. «Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron» (Mat. 25: 40). En un mundo donde existe tanta confusión, injusticia y decadencia moral, no deshonremos a Dios haciendo la misma pregunta que hizo Caín respecto a su hermano: «¿Acaso es mi obligación cuidar de él?» (Gén. 4: 9). Tan solo tenemos un breve período de tiempo para vivir una vida única en este mundo que no es nuestro destino final. La forma en que vivimos y en que nos cuidemos mutuamente tendrá mucho que ver con nuestro destino. Somos los encargados de cuidar de nuestros hermanos.
PARA COMENTAR
- ¿Deberías sentir alguna obligación de recibir a gente extraña en tu país, en tu comunidad, en tus escuelas, incluso en tu hogar?
- ¿Qué revela la Biblia acerca de la actitud de Cristo respecto a los necesitados?
- ¿Puedes recordar la última vez que honraste a Dios al ayudar a alguien negándote a ti mismo?
Peter Watson, Abaco, Bahamas
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2019.
3er trimestre 2019 “Servir a los necesitados”
Lección 1: «Creo Dios»
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
