“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. Romanos 8:38, 39
En 1556, un joven llamado Claes experimentó una conversión notable. Mientras estudiaba las Escrituras en su hogar, en Bélgica, se sintió profundamente impresionado por el amor de Dios. Tras llegar a la conclusión de que la salvación se obtiene únicamente por la fe en Jesucristo, el amor de Cristo lo embargó de tal manera que no pudo contenerlo: comenzó a compartirlo con cuantas personas pudo.
En la Europa del siglo XVI, la Iglesia y el Estado estaban unidos, y la iglesia del Estado no permitía la más mínima disensión. Claes fue arrestado y llevado a Ghent, por haberse atrevido a desafiar el punto de vista de la iglesia en lo que respecta a la salvación. No obstante, antes de quemarlo vivo, las autoridades procuraron disuadirlo de sus creencias. Podría evitar la hoguera con sólo renunciar a su fe, pero Claes no lo hizo. De nada valieron las amenazas del Estado. No se doblegó.
Le preguntaron:
—¿En qué crees?
Y contestó:
—Creo solamente en Cristo Jesús, que él es el Hijo de Dios, vivo y verdadero, y que no hay otra salvación en el cielo o en la tierra.
Claes fijó sus ojos en el Cordero de Dios que derramó su sangre por el. Y en eso basó su seguridad, su fortaleza y su propósito. Se afirmó y animó en la promesa de Jesús, registrada en el Evangelio según San Mateo: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’ (Mat. 28:20).
Jesús lo asistió en su hora más sombría, y Claes pudo gozarse en su Dios y Señor hasta el último instante de su vida. Hasta el momento mismo de su ejecución, el Señor lo llenó de infinita paz. Claes escribió: “Mi corazón se enciende de gozo por el Señor, mi Dios, de modo que todos mis problemas y ansiedades se me han ido, como se va el polvo que se barre en las calles”.
Claes encaró la muerte, seguro en el amor de Jesús. Tuvo perfecta paz. Todos los demonios del infierno no pueden separarnos del amor de Dios. Tampoco pueden hacerlo la enfermedad o la tragedia. Ni la miseria ni los errores son lo suficientemente poderosos para separarnos del amor divino. Tampoco lo son el divorcio, el mal, el desaliento, los desastres o aun la muerte misma. En nuestros momentos más oscuros, el amor de Dios sigue presente. Como Claes, también nosotros podemos exclamar: “Señor, tú eres fiel a tu promesa”.
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
