miércoles , 1 abril 2026
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La Oración

Esperar que nuestras oraciones sean contestadas únicamente de la manera que queremos es presunción

La oración de fe nunca se pierde; pero pretender que siempre será respondida de la misma manera y en relación con el motivo particular que estamos esperando, es presunción.—Mente, Carácter y Personalidad 2:553.

Cuando nos parezca que nuestras oraciones no son contestadas, debemos aferramos a la promesa; porque el tiempo de recibir contestación seguramente vendrá y recibiremos las bendiciones que más necesitamos. Por supuesto, pretender que nuestras oraciones sean siempre contestadas en la misma forma y según la cosa particular que pidamos, es presunción. Dios es demasiado sabio para equivocarse y demasiado bueno para negar un bien a los que andan en integridad. Así que no temáis confiar en él, aunque no veáis la inmediata respuesta de vuestras oraciones. Confiad en la seguridad de su promesa: “Pedid, y se os dará”.—El Camino a Cristo, 96.

“La oración no tiene méritos en sí misma para limpiar el pecado”

Los paganos pensaban que sus oraciones tenían en sí méritos para expiar el pecado. Por lo tanto, cuanto más larga fuera la oración, mayor mérito tenía. Si por sus propios esfuerzos podían hacerse santos, tendrían entonces algo en que regocijarse y de lo cual hacer alarde. Esta idea de la oración resulta de la creencia en la expiación por propio mérito en que se basa toda religión falsa. Los fariseos habían adoptado este concepto pagano de la oración que existe todavía hasta entre los que profesan ser cristianos. La repetición de expresiones prescritas y formales mientras el corazón no siente la necesidad de Dios, es comparable con las “vanas repeticiones” de los gentiles.

La oración no es expiación del pecado, y de por sí no tiene mérito ni virtud. Todas las palabras floridas que tengamos a nuestra disposición no equivalen a un solo deseo santo. Las oraciones más elocuentes son palabrería vana si no expresan los sentimientos sinceros del corazón. La oración que brota del corazón ferviente, que expresa con sencillez las necesidades del alma así como pediríamos un favor a un amigo terrenal esperando que lo hará, esa es la oración de fe. Dios no quiere nuestras frases de simple ceremonia; pero el clamor inaudible de quien se siente quebrantado por la convicción de sus pecados y su debilidad llega al oído del Padre misericordioso.—El Discurso Maestro de Jesucristo, 74, 75.

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LA ORACIÓN
   CAPÍTULO 26- “ ORACIONES FALSAS
Por: Elena G De White
Colaboradores: Adriana Jiménez & América Lara

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