«Goza de la vida con lo mujer amada cado día de la fugaz existencia que Dios te ha dado en este mundo. ¡Cada uno de tus absurdos días! Esto es lo que te ha tocado de todos tus afanes en este mundo- (Ecl. 9:9).
Ala madura edad de noventa años, y contando, mi padre es un hombre fuerte, tanto física como espiritualmente. Es veterano de la Segunda Guerra Mundial, que sirvió bien a su país para proteger y proveer para su familia. Se casó con su novia del colegio, y la llamaba cariñosamente «Niña preciosa». Me imagino que la llamaba así porque le dio once preciosos niños. De pequeña, recuerdo que cada viernes él lustraba sus zapatos, y después lustraba nuestros zapatos de vestir, en preparación para asistir a la iglesia al día siguiente. Como veterano del ejército estadounidense, aprendió la importancia de lustrar bien los zapatos, como parte del cuidado personal. Era un verdadero soldado, hasta la médula. Nos llevaba fielmente a la iglesia, para que aprendiéramos las enseñanzas de la Biblia. Donde crecí, en Georgia, su nombre está grabado en el cimiento de la iglesia New Hope Community Church. El matrimonio de mis padres fue para mí un modelo a seguir. Fui testigo de algunas de sus pruebas, y de sus triunfos. Nunca dejaron de ser fieles. Comenzaron un ministerio de estudios bíblicos en la comunidad, e invirtieron gran parte de sus recursos para que esta creciera. Pero, aún más importante, nos inculcaron sed por la verdad.
Luego de sesenta y siete años de matrimonio, Dios llamó a su «Niña preciosa» al descanso final, justo antes del Día de la Madre. En su sepelio, un pastor local atribuyó la trayectoria espiritual de mi madre al ministerio que había mantenido junto a papá.
Mi padre ahora es viudo y ya no puede dirigir estudios bíblicos. Sin embargo, se mantiene fiel mientras lucha en otro campo de batalla. Este campo de batalla no se encuentra en la tierra extranjera de algún país europeo, sino en tierra nacional; un campo de batalla llamado Alzheimer. Es una batalla ardua, pero él es fiel y no se ha dado por vencido. Participa regularmente de servicios de adoración, oración y alabanza. Todavía hay brillo en sus ojos y vitalidad en sus pasos. Como un soldado, marcha mecánicamente en su zona segura en el hogar, con la ayuda de profesionales cristianos. Cada día que Dios le da es un regalo, un testimonio a la comunidad y una oportunidad de testificar de que «grande es su fidelidad» (Lam. 3:23). iQue todas seamos así de fieles!
FARTEMA M. FAGIN
es trabajadora social jubilada e
instructora adjunta en un centro de
formación profesional de Tennessee, EE. UU.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Damas 2018
“Bendecida
