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Apocalipsis 13 y 14 muestran al mundo polarizado en dos grupos. El primer grupo recibe la marca de la bestia en la frente o en la mano derecha junto con el nombre y el número de la bestia (Apocalipsis 13: 16-17); el otro tiene el sello de Dios, que incluye el nombre del Padre (Apocalipsis 14: 1) colocado en la frente (Apocalipsis 7: 3). Estos símbolos contrastantes representan dos identidades y lealtades totalmente opuestas. Un grupo se maravilla ante la bestia y la sigue dondequiera que va; el otro ama al Cordero y lo sigue dondequiera que va (Apocalipsis 13: 3; 14: 4). Uno se llena de los engaños de la bestia; el otro no se deja engañar (Apocalipsis 13: 14; 14: 5). Uno se emborracha con los pecados de Babilonia; el otro permanece puro e inmaculado (Apocalipsis 14: 4, 8). Uno se conforma a los decretos ilegítimos del gobierno humano; el otro permanece intachable ante Dios y su trono (Apocalipsis 13: 1517; 14: 5).
Como muestran las Escrituras, siempre ha habido al menos un grupo de personas que obedecen fielmente los mandamientos de Dios. Para Israel, la ley de Dios funcionaba como una marca o un sello interior en sus corazones y como una señal exterior que los distinguía, según lo declara Deuteronomio: «Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho. […] Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales» (6: 6-8). La obediencia de Israel a los Diez Mandamientos y la ausencia de ídolos en sus hogares eran señales claras de su confianza en Dios. Los diferenciaba de todas las naciones que los rodeaban. Los hijos de Israel hablaban de manera diferente. Guardaban el séptimo día, mientras que las naciones circundantes observaban el domingo en honor del dios sol. Las relaciones dentro de la familia, la pureza sexual, el respeto por la vida humana, la propiedad y los derechos de los demás eran principios ajenos para los pueblos que los rodeaban. Israel era, por mucho, diferente, lo que servía de testimonio no verbal a todos los que encontraban.
El Nuevo Testamento confirma que Dios aún desea escribir su ley en nuestras mentes (ver Hebreos 8: 10) y que mantengamos la obediencia a sus mandamientos como señal externa de su pueblo (1 Juan 2: 3-4). Elegir guardar los mandamientos de Dios es anunciar que nuestra ciudadanía principal está en el cielo, porque el mundo ciertamente nota que algo es diferente en aquellos que eligen así. Seguir la ley de Dios indica a quién pertenecemos y quién es el blanco de nuestra lealtad.
La obediencia no procede de un mero deber, sino de corazones rebosantes de amor al Padre (1 Juan 5: 3). Proviene de la aceptación del amor de Dios (1 Juan 4: 19), no de una iniciativa propia del ser humano. Nuestro profundo amor por Dios nos capacita para soportar cualquier dificultad y permanecer leales y obedientes a él.
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¿Cómo se experimenta en la actualidad que Dios escriba su ley en nuestros corazones y en nuestras mentes?
¿Cómo podemos entregarle a Dios nuestra lealtad completa?
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