«Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones».
Hebreos 3: 7, 8, NVI
La conciencia es la voz de Dios, la cual se escucha en medio de las pasiones humanas; cuando se resiste, se contrista al Espíritu de Dios.— Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 112.
Los seres humanos tienen el poder de apagar el Espíritu de Dios; queda con ellos la facultad de elegir. Se les otorga libertad de acción. Pueden ser obedientes mediante el nombre y la gracia de nuestro Redentor, o pueden ser desobedientes y hacerse cargo de las consecuencias.— Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 470.
El Señor requiere que obedezcamos la voz del deber cuando otras voces a nuestro alrededor nos instan a seguir un curso opuesto. Esto requiere de nosotros que pongamos seria atención para poder distinguir cuál sea la voz que proviene de Dios, Es preciso que resistamos y venzamos toda inclinación y obedezcamos la voz de la conciencia sin discusión ni transigencia para evitar que cesen sus insinuaciones y que dominen en su lugar la voluntad y deseos propios. La palabra del Señor llega a todos nosotros que no hemos resistido a su Espíritu rehusando escuchar y obedecer. Esta voz puede escucharse mediante las amonestaciones, los consejos y las reprensiones. Estos constituyen el mensaje de luz para su pueblo. Si esperamos hasta recibir llamados más fuertes y mejores oportunidades, puede ser que la luz sea retirada y que nos quedemos en oscuridad.
Los ruegos del Espíritu, descuidados hoy porque el placer o la inclinación conducen a la persona en una dirección opuesta, pueden no tener poder para convencer, o aun impresionar, el día de mañana. La única manera de crecer en gracia y en el conocimiento de la verdad es sacándoles el mayor rendimiento a las oportunidades del presente, con corazones deseosos y dispuestos. Debemos siempre abrigar un sentimiento de que individualmente estamos ante la presencia del Señor de los ejércitos; ninguna palabra, acto, ni aun un pensamiento, debiera acariciarse que ofenda ante la vista del Eterno. Si sintiéramos que en todo lugar somos siervos del Altísimo, seríamos más circunspectos; nuestra vida entera poseería para nosotros un significado y una santidad que los honores del mundo jamás podrían damos.
Los pensamientos del corazón, las palabras de nuestros labios y todas las obras de nuestra vida, harán que nuestro carácter sea más digno, si es que sentimos la presencia constante de Dios. Sea el lenguaje del corazón el siguiente: «He aquí Dios está en nuestro medio». Entonces la vida será pura, el carácter inmaculado, y el alma se elevará de continuo al Señor.— Testimonios para la iglesia, t. 5, pp. 65, 66.
EL ESPIRITÚ DE LA GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
