“Tener amor es […] no tener envidia” (1 Corintios 13:4).
Nuestra envidia dura siempre más que la dicha de aquellos a quienes envidiamos. François de La Rochefoucauld.
Al narrar la escena en que Jesús fue sentenciado a muerte, Mateo y Marcos cuentan un detalle interesante: Pilato “se había dado cuenta de que los jefes de los sacerdotes lo habían entregado por envidia” (Mateo 27:18; Marcos 15:10).
¿Cómo es posible que un líder religioso pueda llegar tan lejos como para entregar a alguien inocente por envidia, esperando con esa entrega que sea condenado a muerte? ¿Hasta dónde llegaría yo por envidia? ¿Hasta dónde llegarías tú? ¿Has percibido en tu propia experiencia que a veces tomaste decisiones por la envidia que sentías?
¿Envida de los orgullosos y malvados por parte de un creyente? Sí, la envidia existe en nuestras filas porque existe en nuestros corazones y, sin duda, nubla el juicio de quien cae presa de sus garras.
Déjame decirte lo primero que creo que hay que decir al respecto: hay perdón para quien ha sentido envidia y, mal aconsejado por ella, hizo algo equivocado (y aunque no lo haya hecho). Lo segundo: hay que intentar derrotarla con la ayuda de Dios, porque “cada uno de nosotros está sembrando semilla en los campos de la vida. Como sea la simiente, así será la mies.
Cuando concebimos el éxito ajeno como una amenaza para nuestro orgullo es porque un ego frágil rige nuestra vida. El trabajo hay que hacerlo con el ego, de tal manera que se sienta tranquilo y seguro en Cristo, de quien deriva realmente el poder tener un concepto equilibrado de nosotras mismas.
La humildad, la fe y el amor son la clave; cualidades que vienen de Dios. Porque “de adentro, es decir, del corazón de los hombres, salen […] la envidia, […] el orgullo […]. Y hacen impuro al hombre” (Marcos 7:21-23). Por eso, hay que acudir a Dios.
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Por: Mónica Díaz
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Adriana Jiménez
