Así que oró a Jehová y dijo: «¡Ahora, Jehová! , ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a ir a Tarsis; porque yo sabía que tu eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarse y de gran misericordia, que te arrepientes del mal».
Jonás 4: 2
El ser humano nunca podrá entender la inmensidad del amor de Dios. Jonás había huido hacia Tarsis, cuando Dios le había pedido ir a Nínive y avisarle a sus habitantes que serían destruidos, en un plazo determinado, si no se arrepentían.
La misión del profeta o del líder religioso no puede ser nunca la de presentar simplemente el mensaje de condenación, sino la esperanza y el camino de restauración. Jonás era un hombre que había crecido con el concepto de retribución bien arraigado en su mente. Quien peca, sufre las consecuencias de su pecado. «Ojo por ojo, diente por diente». La vida de Jonás era una vida destituida de la gracia. No existía lugar para la misericordia ni para el perdón en su ministerio.
Después de su fuga fracasada, Jonás va finalmente a Nínive y predica. Es un sermón fuera de lo acostumbrado. No está preocupado por el resultado de su predicación en la vida de sus oyentes; cumple solamente su trabajo y listo. No apela a los corazones, no clama por el pueblo entre el pórtico y el altar, no insiste, no ora a Dios para que el Espíritu Santo toque los corazones. Él sólo está interesado en que esa banda de idólatras sea destruida.
Pero tu conoces la historia. Dios ve el arrepentimiento del pueblo y lo perdona, y ahora Jonás se enoja con Dios. «Por eso me apresuré a huir a Tarsis», reclama, «porque yo sabía que tu eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal».
¡Qué tragedia! El hombre colocado para salvar las almas, está más preocupado por su prestigio de profeta que por la salvación de las personas. «¿Qué dirán ahora? ¿Que soy un falso profeta? Yo sabía que la profecía de la destrucción no se iba a cumplir, porque te conozco y sabía que los perdonarías. ¿Y ahora? ¿Cómo queda mi reputación?»
Pero gracias a Dios porque Él es longánimo. No hay en el mundo nada que pueda impedir nuestra salvación, a no ser nosotros mismos. El hombre puede haberse alejado de Dios, puede haber caído en el fondo del pecado, pero si desde allí clama arrepentido, el Señor está presto para oírlo, perdonarlo y restaurarlo.
Aunque en nuestra opinión hay gente que ya no tiene remedio, aunque en nuestro concepto humano de justicia algunas personas ya no tengan el derecho de ser aceptadas por Dios, el Señor las alcanzará porque Jesús murió no sólo por ti y por mí, sino que murió por todos nosotros «cuando todavía éramos enemigos», dice Pablo (ver Romanos 5: 10).
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Matinal Para Toda La Familia 2018.
“A Solas Con Jesus”
Por Alejandro Bullón
