VERSÍCULO PARA MEMORIZAR
Regresaré a casa de mi padre, y le diré: «Padre mío, he pecado contra Dios y contra ti; ya no merezco llamarme tu hijo; trátame como a uno de tus trabajadores”.
MENSAJE
El amor de Dios por nosotros nos inspira a servirle.
REFERENCIAS
Lucas 15: 11 -32; 1 Juan 3:1; Efesio 3: 8, 9; Palabras de vida del gran Maestro cap. 16; Creencias fundamentales 3, 10, 11.
Piensa en las últimas noticias que hayas escuchado que tengan que ver con desastres naturales, epidemias o delincuencia. ¿Cómo te sientes al darte cuenta de todo el dolor que hay en el mundo? ¿Cómo crees que se siente Dios?
¿Tiene algún trabajo para mí, señor? -preguntó el obrero desempleado al granjero-. Sé hacer de todo.
– ¡Seguro que puedes con esas manos tan cuidadas! ¿Crees que soy tonto? -Veo que está mirando mis ropas, señor. Están un poco andrajosas; no he tenido suerte últimamente.
– ¡Ya veo! ¡Nadie ha tenido suerte en estos días! Esta hambruna nos ha tocado a todos. Pero no pareces haber pasado hambre por mucho tiempo. Aunque tus ojos tampoco tienen brillo como los de un granjero. Seguramente has estado bebiendo mucho. Probablemente tienes un padre en alguna parte que se mantiene despierto por las noches orando por ti. ¡Está bien, muchacho! Tengo trabajo. Comienzas desde abajo con el trabajo más difícil. ¿Ves allí? ¡Esa es la cuadra de los cerdos! Limpia todo el estiércol. Toma esta pala. Cuando termines, puedes sacudir las ramas de los árboles y alimentar a los cerdos con lo que caiga de ellas. ¿Lo aceptas o no?
-Sí, lo acepto, señor. El joven, con sus orgullosos hombros caídos, caminó pausadamente hacia la cuadra de los cerdos.
Mientras el joven limpiaba el estiércol, trataba de no prestar atención a aquel lugar que olía tan mal, recordando mejores momentos. Añoraba la cómoda vivienda que tuvo en la ciudad. También se acordaba de todos sus amigos. Él había sido en su momento el centro del pueblo. Sus fiestas con abundancia de comida y bebida eran famosas y también costosas. ¿Se había gastado realmente toda su herencia? Bueno, y no había de dónde sacar más.
Con un cargo de conciencia que casi lo doblaba de dolor, el joven recordó el día en que su padre le había entregado el dinero. Parecía que había envejecido en una noche.
«¡Ahora entiendo! -gruñó el joven a los cerdos-. ¡Papá sabía que probablemente esto sucedería! ¡Eso era lo que estaba tratando de decirme!».
Al terminar la limpieza, el joven se subió al árbol cuyas ramas colgaban sobre la piara de cerdos. Moviéndolo de un lado a otro esperaba que cayeran suficientes bellotas para los animales y algunas extras para él. Pero cuando sus doloridas piernas tocaron el suelo, los cerdos ya habían acabado con todo.
Entonces fue cuando los primeros recuerdos de la cocina del hogar afloraron dolorosamente a su memoria. Se preguntó qué estarían comiendo en su casa. Su padre era un patrón considerado, poco común, que invitaba a los obreros a comer a su mesa. No como el mísero granjero que ahora tenía por patrón.
«Mi padre es un hombre especial -murmuró el joven-. Si solo… ¡no! No podría hacer eso».
Los días se sucedían con una misma rutina fácil de predecir. Hasta el momento en que comprendió que había llegado al límite de lo que podía soportar. ¡Tenía que decidirse! ¡No había otra alternativa! Fue entonces cuando se abrió una ventana y se disipó la neblina de su cerebro. ¿Por qué no había pensado en eso antes?
«Volveré a la casa de mi padre donde hay abundante alimento y el mismo respeto para todos. Le diré a mi padre: «¡He pecado. Déjame limpiar tu granero!».
Antes de darse cuenta de ello, ya iba corriendo hacia su hogar. Por todo el camino recitaba su confesión: «Padre, he pecado contra Dios y contra ti».
El padre vio a su hijo que venía a lo lejos por el camino y corrió a recibirlo. El anciano pareció no prestar atención a la confesión desgarradora del joven. Luego llevó al muchacho adentro, pidió un manto costoso para cubrir sus ropas andrajosas y organizó una espléndida fiesta de bienvenida al hogar.
«Este es mi hijo que estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y es hallado», repetía el padre una y otra vez.
Ni los celos punzantes del hermano mayor pudieron robar el gozo del padre.
«¡Estaba muerto y ha revivido; perdido y lo he encontrado!».
Esta es una historia que gira alrededor del tema de la gracia. El pecador llega hasta la situación más extrema, pero el Padre nunca deja de amarlo. La gracia siempre nos recuerda el abundante amor de Dios.
www.meditacionesdiarias.com
www.faceboock.com/meditacionesdiariass
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.meditacionesdiarias.mobile
Lección de Escuela Sabática para INTERMEDIARIOS
1er Trimestre 2024
Lección 10: «EL VERDADERO PRÓDIGO»
Colaboradores: Hermanitas Noisette, Jeanniree y Jeanneris y Adriana Jiménez
