Porque decía entre sí: Si tocare solamente su vestido, seré salva. Más Jesús volviéndose,
y mirándola, dijo: Confía, hija, tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella
hora. (Mat. 9:21-22)
Poco vale hablar de temas religiosos con liviandad y orar pidiendo bendiciones
espirituales sin verdadera hambre del alma y viva fe. La curiosa muchedumbre que pugnaba
por acercarse a Cristo, no advirtió ninguna fuerza vital en ese contacto. Pero cuando la
pobre enferma acuciada por su gran necesidad, extendió su mano y tocó la fimbria del
manto de Jesús, sintió el poder de la virtud sanadora. El suyo fue el toque de la fe. Cristo
reconoció ese toque y con eso decidió dar una lección a todos sus seguidores hasta el fin del
tiempo. El sabía que había salido virtud de él, y dirigiéndose a la multitud, preguntó:
«¿Quién ha tocado mis vestidos?» Sorprendidos ante tal pregunta, los discípulos le
contestaron: «Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?»
Jesús fijó su vista en la mujer que había hecho eso. Ella se sintió sobrecogida de
temor. Grande era su gozo; pero, ¿habría sobrepasado los límites del deber? Consciente de
lo que se había obrado en ella, se acercó temblando y cayó a los pies de Cristo,
confesándole toda la verdad. Cristo no la reprendió. Suavemente le dijo: «Ve en paz, y
queda sana de tu azote.»
Aquí se distinguió el toque de la casualidad del toque de la fe. La oración y la
predicación, sin el ejercicio de la fe viva en Dios, serán varias. Mas el toque de la fe nos
abre el divino almacén de los tesoros de poder y sabiduría; y de esa manera, mediante
instrumentos de barro, Dios realiza las maravillas de su gracia.
Esta fe viva es nuestra gran necesidad de hoy. Debemos saber que Jesús es en verdad
nuestro; que su Espíritu está purificando y refinando nuestro corazón. Si los seguidores de
Cristo tuvieran fe genuina con mansedumbre y amor, ¡qué obra podrían realizar! ¡Qué
frutos se verían para la gloría de Dios! (RH, 13-12-1887) (14)
Devocional Vespertino
“Mi Vida Hoy”
Enero – Una vida consagrada
Por: Elena G. de White
