«Todos ustedes son hijos de la luz y del día. No somos de la noche ni de la oscuridad. No debemos, pues, dormirnos como los demás, sino mantenernos alerta y en nuestro sano juicio». 1 Tesalonicenses 5: 5, 6, NVI
DIOS HA PROVISTO el tiempo para que todos lo utilicemos de la manera correcta, a fin de construir una vida para el cielo. El Señor no desea que lo desperdiciemos en asuntos de poca importancia, sino que lo invirtamos en nuestra preparación y en la de otros. Pablo afirma: «Acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba, porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche» (1 Tesalonicenses 5: 1, 2). «El tiempo es oro», no debemos gastarlo sin sentido o sin propósito alguno, porque un día daremos cuenta de ello ante Dios.
Una encuesta reveló que una persona que vive setenta años invierte sesenta y nueve años y siete meses en actividades como el trabajo, los juegos, el descanso, la comida, en vestirse, hablar por teléfono y en la espera de algo. De los setenta años solo se dedican cinco meses a buscar a Dios o a algún asunto espiritual. Eso demuestra que el tiempo de muchas personas se pierde en cosas insignificantes.
El tiempo es como un banco donde acreditamos cada mañana en nuestra cuenta 86,400 segundos. Si no los utilizamos todos, no podemos acumularlos para el siguiente día; cualquier cantidad de ese crédito de tiempo que no hayamos utilizado para un buen propósito queda bajo nuestra responsabilidad. El reloj del tiempo sigue su marcha, no se detiene ni por un instante.
Atesore cada momento que viva y aproveche todo su tiempo en prepararse para la eternidad. «El valor del tiempo escapa a todo cómputo. El tiempo desperdiciado nunca puede recuperarse […]. El aprovechamiento de los momentos perdidos es un tesoro» (Conducción del niño, cap. 21, p. 114). Oremos para que el Autor del tiempo nos ayude a usarlo sabiamente.
