«Así que, si ustedes comen o beben, o hacen alguna otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios».
1 Corintios 10: 31, RVC
Dios creó al ser humano para su propia gloria, para que después de la prueba y la aflicción la familia humana pudiera llegar a ser una con la familia celestial. Era el propósito de Dios repoblar el cielo con la familia humana, si se manifestaban obedientes a cada palabra suya. Adán tenía que ser probado, para ver si sería obediente como los ángeles leales, o si sería desobediente. Si hubiera resistido la prueba, su instrucción para sus hijos hubiera sido como la mente y los pensamientos de Dios.— Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 1096.
Dios hizo a Adán de acuerdo con su propio carácter, puro y recto. No había principios corruptos en el primer Adán, no había propensiones corruptas o tendencias al mall Adán era tan intachable como los ángeles que están delante del trono de Dios. Estas cosas son inexplicables, pero muchas cosas que no podemos entender ahora resultarán claras cuando veamos como somos vistos y conozcamos como somos conocidos.— Ibid., p. 1097.
Acerca de los santos hombres de la antigüedad está escrito que Dios no se avergonzaba de ser llamado su Dios (ver Heb. 11: 16). La razón dada es que en lugar de codiciar las posesiones materiales o de buscar la felicidad a través de planes y aspiraciones mundanas, colocaban su todo sobre el altar de Dios y lo utilizaban para el avance de su reino. -Vivían solo para la gloria de Dios y declaraban cándidamente que eran forasteros y peregrinos sobre la tierra en busca de una patria mejor; es decir, la celestial. Su conducta daba evidencia de su fe. Dios les podía confiar su verdad y dejar que el mundo recibiera de ellos el conocimiento de su voluntad.
¿Cómo mantiene hoy el pueblo de Dios el honor de su nombre? ¿Cómo deducirá el mundo que son un pueblo especial? ¿Qué pruebas hay de que son ciudadanos del cielo?
La llaneza y la sencillez debieran distinguir las moradas y la vestimenta de todos los que creen las solemnes verdades para este tiempo. Nuestro vestido, nuestras viviendas, nuestra conversación, debieran dar testimonio de nuestra consagración a Dios. ¡Cuánto poder acompañaría a los que dieran muestras de haberlo dejado todo por Cristo!— Testimonios para la iglesia, t. 5, pp. 175, 176.
EL REINO DE GLORIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
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