
El profeta, en palabras de resplandeciente fervor, magnifica a Dios en sus obras creadas: «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» Salmo8:3, 4. «¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra! Te alabaré, oh Jehová, con todo mi corazón; contaré todas tus maravillas». Salmo 8:9; 9:1 (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 416).
Continuamente Dios sostiene y emplea como ministros suyos las cosas que hizo. Obra por medio de las leyes de la naturaleza, que le sirven de instrumento, pero no actúan automáticamente. La naturaleza atestigua la presencia inteligente y la intervención activa de un Ser que obra en todo según su voluntad …
No es por medio de una fuerza inherente como año tras año la tierra suministra sus dones y sigue su marcha alrededor del sol. La mano del Infinito obra perpetuamente para guiar el planeta. El poder de Dios, en constante ejercicio, hace que la tierra conserve su posición en su rotación. Es Dios quien dispone que el sol salga y se levante en los cielos. Es Dios quien abre las ventanas de los cielos y da la lluvia (El ministerio de curación, pp. 323, 324).
Por medio de. los agentes naturales, Dios trabaja, día tras día, hora tras hora y a cada momento, para conservarnos vivos, para levantarnos y restaurarnos. En cuanto alguna parte del cuerpo sufre perjuicio, empie• za el proceso de curación; los agentes naturales son puestos a trabajar para restablecer la salud. Pero el poder que obra por medio de estos agentes es el poder de Dios. Todo poder capaz de dar vida procede de él. Cuando alguien se repone de su enfermedad, es Dios quien lo sana.
«La enfermedad, el padecimiento, y la muerte son obra de un poder enemigo. Satanás destruye; Dios restaura».
Se aprende una gran lección cuando entendemos nuestra relación con Dios, y su relación con nosotros …
[S]omos responsables ante Dios porque derivamos nuestra vida de él. No la obtenemos de la humanidad, sino solo de Dios. Somos suyos por la creación y por la redención. Nuestros cuerpos no nos pertenecen y no tenemos por lo tanto el derecho de tratarlos como nos plazca, estropeándolos por la práctica de hábitos que conducen a la decadencia e impiden rendir a Dios un servicio perfecto. Nuestras vidas y todas nuestras facultades le pertenecen. Él cuida de nosotros cada momento; él mantiene en acción toda la maquinaria viviente; si nos abandonara a nuestra suerte tan solo por un momento, moriríamos. Dependemos enteramente de Dios» (The Faith 1 Live By, p. 165; parcialmente en La fe por la cual vivo, p. 167).
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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2024.
1er. Trimestre 2024 «EL LIBRO DE SALMOS»
Lección 03: «EL SEÑOR REINA»
olaboradores: Jeser Alejandro Tique y Esther Jiménez