sábado , 18 julio 2026
Notas de Ellen G. White 2023

EL PROPÓSITO DEL DIEZMO

El  pago del diezmo  no era sino una parte del  plan de Dios para el sostén de su servicio.  Se especificaban  divinamente  numerosas  dádivas y ofrendas. Bajo el sistema judío, se le enseñaba  al pueblo a abrigar un espíritu de liberalidad,  tanto en el  sostén  de la  causa de Dios,  como en la provisión de las  necesidades  de los pobres.  En ocasiones  especiales había ofrendas  voluntarias.  En ocasión  de la cosecha y la vendimia, se consagraban  como ofrenda para el  Señor los primeros frutos del  campo: el trigo, el vino  y el aceite.  Los rebuscos  y las esquinas  del campo  se reservaban para los pobres. Las primicias  de la  lana cuando se trasquilaban las ovejas, y del grano cuando se trillaba  el trigo, se apartaban  para Dios.  Así  también  se hacía  con el  primogénito   de todos  los  animales.

Se pagaba  un rescate  por  el primogénito de toda  familia  humana.  Los primeros  frutos debían  presentarse delante  del  Señor  en el santuario,  y se dedicaban  al  uso de los  sacerdotes.

Por  este  sistema  de  benevolencia,  el  Señor  trataba  de  enseñar   a Israel que en todas las cosas él debía ser el  primero. Así se les recordaba que él era el propietario  de sus campos,  sus rebaños  y sus ganados;  que era él quien enviaba  la luz del  sol y la  lluvia que hacían  crecer y madurar la sementera.  Todas  las  cosas  que ellos poseían  eran de él. Ellos  no eran sino sus mayordomos  (Los hechos de los apóstoles,  p.  271).

Dios  ha  hecho  a los  hombres  administradores  suyos.  Las  propiedades  que  él  puso  en sus  manos  son  los  medios  provistos  por él para la  difusión  del  evangelio.  A  los  que demuestren   ser fieles  administradores,  les  encomendará responsabilidades mayores.  Dijo  el Señor:  «Yo honraré  a los que me honran».  «Dios ama al  dador  alegre»,  y cuando  su pueblo  le  traiga  sus donativos  y ofrendas  con  corazón  agradecido  «no con  tristeza,  o por necesidad»,  lo  acompañará  con sus bendiciones,  tal como  prometió:  «Traed  todos  los  diezmos  al alfolí,  y haya alimento  en mi  casa;  y probadme  ahora  en esto, dice Jehová  de los  ejércitos,  si  no os abriré  las  ventanas  de los cielos,  y vaciaré  sobre  vosotros  bendiciones hasta  que  sobreabunde».  1 Samuel  2:30;  2 Corintios  9:7;  Malaquías 3: 10 (Historia de los patriarcas y profetas, p.  569).

En la  medida en que el  amor  de Cristo  llene  nuestros  corazones  y domine  nuestra vida,  quedarán  vencidas  la  codicia, el  egoísmo y el  amor a la  comodidad,  y tendremos  placer en cumplir  la  voluntad  de  Cristo, cuyos siervos aseveramos  ser.  Nuestra felicidad  será entonces proporcional  a nuestras obras abnegadas,  impulsadas  por el  amor de Cristo.

La  sabiduría  divina  ha  recalcado,  en  el  plan  de  salvación,  la  ley de  la acción  y la reacción,  la cual hace doblemente bendita  la obra  de beneficencia en todas sus manifestaciones. El que da a los menesterosos beneficia  a los demás, y se beneficia a sí mismo en un grado aún mayor. Dios podría  haber alcanzado  su objeto  en la  salvación  de los pecadores sin  la ayuda  del hombre, pero  él sabía que este  no podría ser feliz  sin desempeñar en la gran obra  una parte en la cual  cultivara la abnegación y la  benevolencia.

Para  que  el  hombre   no  perdiera   los   bienaventurados  resultados de la benevolencia, nuestro Redentor ideó el plan de alistarlo como colaborador suyo.  Por un encadenamiento de circunstancias que exige manifestaciones de caridad, concede  al hombre  el mejor  medio de cultivar  la benevolencia,  y lo  mantiene  dando  habitualmente para  ayudar a los pobres  y fomentar  el adelanto  de su causa  (Testimonios para  la iglesia, t. 3, pp.  421, 422).

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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2023.
1re. Trimestre 2023 «ADMINISTRAR PARA EL SEÑOR… HASTA QUE ÉL VENGA»
Lección 3: «EL CONTRATO DEL DIEZMO»
Colaboradores: Ana Hironymus & Esther Jiménez

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