Referencias:
Jonás 1:1-9; Profetas y reyes, pp. 198-200.
—¡Jonatán! —lo llamó su mamá—. ¡Necesito tu ayuda!
Jonatán hizo un gesto de disgusto. Se estaba divirtiendo mucho en su bicicleta y no tenía ganas de contestarle. Aumentó la velocidad, dio vuelta a la esquina y se alejó de la casa. Tal vez su madre pensaría que no la había escuchado. Se sonrió para sí y continuó su camino. «Más tarde —pensó—, le ayudaré más tarde».
Hace mucho tiempo, Dios le pidió a un amigo que le ayudara. ¿Quién piensas que era?
—Jonás —lo llamó Dios—, necesito tu ayuda. Tú has oído acerca de Nínive, esa gran ciudad. Necesito que vayas allá y le prediques a la gente acerca de mí. Muchas de las personas que viven en Nínive son pecadoras. Ya no puedo ignorar las cosas malas que hacen. Necesito que les lleves un mensaje. Diles que deben cambiar.
Jonás sabía que debía hacer lo que Dios le pidiera. Pero era una ciudad muy GRANDE. Por lo menos 120.000 personas vivían allí. Personas malas. La ciudad era tan grande, que tomaba tres días ir de un extremo a otro de ella. Además, ¿qué tal si la gente no lo quería escuchar? ¿Y si se reían de él? La gente que vivía en Nínive era mala, simplemente mala. Todo el mundo lo sabía. Tal vez hasta lo podrían matar si no les gustaba lo que les diría.
Pronto Jonás pensó: «No, Dios no puede realmente esperar que yo vaya a Nínive. Yo creo que voy a hacer un viaje en otra dirección». Y Jonás huyó.
Jonás se apresuró a ir a Jope, el puerto más cercano. Allí encontró un barco que estaba por salir a Tarsis. Ni siquiera le importaba a dónde iría, lo único que quería era irse lo más lejos posible de Nínive. Rápidamente pagó su boleto y subió al barco. Jonás estaba tan cansado, que solamente quería dormir por mucho tiempo.
Poco después que Jonás subió, el barco comenzó su viaje. Una vez que se dejó de ver la costa, Jonás se sintió seguro. Buscó un lugar tranquilo, lejos de los marineros, y pronto se quedó dormido.
Jonás no se dio cuenta cuando el barco empezó a mecerse fuertemente. Al principio se mecía con suavidad, pero luego las olas se volvieron más y más altas. El cielo se llenó de nubes de tormenta. Las velas del barco comenzaron a agitarse en el viento. Pero Jonás estaba tan profundamente dormido que ni siquiera escuchó el aullido del viento ni el estruendo de la tormenta. No vio los relámpagos ni sintió la lluvia.
—Este barco se va a hundir y todos nos vamos a ahogar —se gritaban los marineros unos a otros.