Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. JUAN 1:14.
En 1798 la Revolución Francesa llegaba a su fin. La guillotina había hecho rodar miles de cabezas. Eran días en los que reinaba el terror. En ese mismo año otro tipo de revolucionario vivía junto al lago Lucerna, en Suiza. Juan E. Pestalozzi, un educador con profundo amor por los niños, tomaba a su cargo a 80 huérfanos de una aldea suiza destruida por tropas francesas. La tarea representaba un desafío. Los niños estaban llenos de piojos y de llagas; desnutridos y enfermos. Algunos eran casi delincuentes, mentirosos y sin afecto. Lo humanamente razonable hubiera sido someter a este grupo tan heterogéneo a una disciplina férrea e inmisericorde Pero Pestalozzi tenía otra idea. Había descubierto que el principio esencial de la educación es el amor, y procedió a su aplicación. «Estaba convencido — dijo—que mi afecto cambiaría la condición de mis niños tan rápidamente como el sol primaveral despierta a una nueva vida a la tierra que el invierno entumeció. Y no me engañaba: antes de que el sol derritiera la nieve de la mañana, mis niños eran apenas reconocibles».
¿Quiénes fueron los verdaderos revolucionarios de la Francia de fines del siglo XVIII, quienes gritaban «libertad, igualdad y fraternidad» o el apacible maestro de los Alpes que muy silenciosamente infundía «amor» a los pequeños?
Cierto día, cuando Napoleón visitó la Academia Francesa, un científico le preguntó quién creía él que había sido el mayor genio militar del mundo, a lo que el emperador respondió: «Alejandro, César, Carlomagno y yo hemos fundado grandes imperios; pero ¿sobre qué descansan estas grandes creaciones de nuestro genio? ¡Sobre la fuerza! Sólo Jesús estableció un imperio sobre el amor, y ¡hasta hoy millones morirían por él!»
La Navidad habla de un Dios que vino al mundo a realizar la mayor revolución en el corazón del hombre mediante el poder del amor. En estos días de diciembre recordamos que Dios se hizo hombre para darnos una muestra de quién es él en realidad. Dios no nos envió simplemente una carta de amor para decirnos quién era, sino que vino a mostrárnoslo.
Jesús desea revelarse a sí mismo ante el mundo otra vez por medio de nosotros. Anhela volver a vivir en la carne humana, débil y frágil. Quiere demostrarle a un mundo endurecido la gloria de su gracia a través de sus seguidores. Con ellos quiere realizar la verdadera revolución del amor.
En esta Navidad Dios anhela nacer otra vez en su corazón. Anhela amar a través de usted. ¿Le permitirá ser el revolucionario que cambie su vida y lo haga un instrumento útil en sus manos?
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME»
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal

