Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia. LUC. 10:33.
La columnista Ana Landers contó una interesante historia en una de sus columnas. Un hombre que estaba en las afueras de una ciudad del Oeste esperó 11 horas después que su auto se descompuso hasta que alguien se detuvo.
El hombre estaba a unos pocos kilómetros del pueblo cuando se detuvo el motor de su vehículo. Salió del auto y trató de detener a los que pasaban. Los autos seguían su camino, viajando a 80 ó 100 km por hora en la autopista. Ni una persona se detuvo. Era una noche terriblemente fría. Por fin, el cansado viajero se dio por vencido. La nota de suicidio que dejó en el parabrisas de su auto decía: «He estado esperando por 11 largas horas para que alguien se detuviera. No puedo soportar más el frío. Nadie se detuvo». Y así puso fin a todo.
Hay veces en nuestras vidas cuando parece que todos nos pasan por un lado sin detenerse. Parece que a nadie le importamos. Jesús contó una historia para animarnos cuando nos sintamos desesperadamente solos.
Un comerciante golpeado, lastimado y maltratado yacía ensangrentado en el camino a Jericó. Un sacerdote, que retornaba de sus deberes del templo en Jerusalén hasta su hogar en Jericó, meramente observó al hombre que se quejaba y siguió de largo. Era demasiado santo para poder ayudarle. Un levita, también un hombre religioso, se acercó. El levita miró al hombre sufriente y evaluó el riesgo que involucraba. Los ladrones que habían robado al hombre moribundo también podrían asaltarlo a él. Su vida podría estar en peligro. El también pasó junto al hombre sufriente y siguió de largo.
Finalmente un samaritano, hombre de otra raza, se acercó. Las Escrituras dicen, que «vino cerca de él» (Luc. 10:33).
Jesús siempre viene donde estamos. Él se compenetra de nuestro sufrimiento. Él comprende nuestras necesidades. El samaritano fue movido a compasión por el hombre, vendó sus heridas y lo condujo a un lugar seguro.
Jesús se acerca a nosotros en tiempos de dolor, nos mece en sus brazos y venda nuestras heridas. Él ministra nuestras necesidades y sana nuestras dolencias. Él hace toda provisión necesaria para que sanemos. Otros pueden seguir de largo, pero él nunca lo hará. Él nos escucha cuando pedimos ayuda. Él ve nuestro dolor, conoce nuestro sufrimiento.
Y lo que es mejor de todo, nunca nos deja solos. Cuando más lo necesitamos, él está allí.
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Colaboradores: Familia Mariscal

