«Todos los que invocan el nombre del Señor han de apartarse de la maldad» (2 Tim. 2: 19).

Tiempo después, sintió la necesidad de buscar a otros como él: indigentes que vagaban por las calles sin rumbo ni dirección, sumidos en las adicciones. Y comenzó a hablarles de Jesús. Su historia personal y su nuevo estilo de vida fueron un testimonio poderoso para muchas personas que, de no haber sido por él, no habrían conocido al Señor. La respuesta de un solo hombre al llamado de Jesús, su compromiso con vivir una nueva vida y apartarse del mal, hicieron de él una vasija de barro que ponía de manifiesto cuán sublime es el poder de Dios (ver 2 Cor. 4:7).
Hoy, el Espíritu Santo nos vuelve a recordar por medio de la Palabra que «todos los que invocan el nombre del Señor han de apartarse de la maldad» (2 Time 2: 19). El término «invocar» alude a un ser humano que apela a un poder superior para solicitarle su ayuda y protección, y este es el primer paso. ¿Quiero cambiar de vida para expresar mi entrega sin reservas a Cristo? Debo empezar invocándolo a él, solicitándole que me ayude. Y el segundo paso, por el que debo continuar, es «apartarme de la maldad». Si invoco la ayuda, la protección y la fortaleza que solo vienen del Señor, para de ese modo vivir una vida de entrega a él, debo apartarme del mal. Apartándome del mal, llegaré a aborrecerlo de la manera en que Cristo lo aborreció y desarrollaré un carácter que dará fiel testimonio del poder de Dios.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Damas 2020
“Un día a la vez”
Por: Patricia Muñoz Bertozzi
Colaboradores: Rosita Almazo & Paty Solares