¡Gracias a Dios por su don inefable!».
2 Corintios 9: 15
La revelación del amor de Dios está centrada en la cruz. No hay lengua capaz de expresar su significado pleno, ni pluma capaz de transcribirlo; la mente humana no puede comprenderlo. Cristo crucificado por nuestros pecados, Cristo resucitado de los muertos, Cristo ascendido a lo alto, es la ciencia de la salvación que hemos de aprender y enseñar.
«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2: 6-8).
«Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios» (Rom. & 34). «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Heb. 7: 25).
He aquí la sabiduría infinita, el amor infinito, la justicia infinita, la misericordia infinita: «la profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios» (Rom. 33).
Es a través del don de Cristo que nosotros recibimos toda bendición. Por ese don nos llega a diario la corriente inagotable de la bondad de Jehová. Cada flor, con, sus tintes delicados y dulce fragancia, es dada para nuestro deleite por medio de ese mismo Don. El sol y la luna fueron creados por él; no hay estrella que embellezca los cielos que él no haya hecho. No hay artículo comestible sobre nuestras mesas que él no haya provisto para nuestro sostén. El nombre de Cristo está escrito sobre todo ello. Todas las cosas son provistas al ser humano a través de aquel solo Don inefable, el unigénito Hijo de Dios. Él fue clavado sobre la cruz para que todos estos beneficios puedan fluir hacia la creación de Dios.— Testimonios para la iglesia, t. 8, pp. 302, 303.
«Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman». (1 Cor. 2: 9). Por cierto que nadie al contemplar las riquezas de su gracia, podrá menos que exclamar con el apóstol: « ¡Gracias a Dios por su don inefable!» (2 Cor. 9: 15).— Ibid„ t. 5, p. 683.
EL PRECIO DE LA GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
