EL GOZO DE LA COLABORACIÓN

Parte 2

El único modo de crecer en la gracia consiste en hacer desinteresadamente la obra que Cristo nos ordenó hacer: dedicarnos, en la medida de nuestra capacidad, a auxiliar y beneficiar a los que necesitan la ayuda que podemos darles. La fuerza se desarrolla con el ejercicio; la actividad es la condición misma de la vida. Los que se esfuerzan por mantener su vida cristiana aceptando pasivamente las bendiciones comunicadas por los medios de gracia, sin hacer nada por Cristo, procuran simplemente vivir comiendo sin trabajar. Pero el resultado de esto, tanto en el mundo espiritual como en el temporal, es siempre degeneración y decadencia. El hombre que rehusara ejercitar sus miembros no tardaría en perder la facultad de usarlos. Asimismo, el cristiano que no ejercite las facultades que Dios le dió, no sólo dejará de crecer en Cristo sino que perderá la fuerza que tenía.

La iglesia de Cristo es la intermediaria elegida por Dios para salvar a los hombres. Su misión es llevar el Evangelio al mundo. Esta obligación recae sobre todos los cristianos. Cada uno de nosotros, hasta donde lo permitan sus talentos y oportunidades, tiene que cumplir el mandato del Salvador. El amor de Cristo que nos ha sido revelado nos hace deudores de cuantos no lo conocen. Dios nos dió luz, no sólo para nosotros, sino para que la derramemos sobre ellos.

Si los discípulos de Cristo comprendiesen su deber, habría mil heraldos proclamando el Evangelio a los paganos donde hoy hay uno. Y todos los que no pudieran dedicarse personalmente a la obra, la sostendrían con sus recursos, simpatías y oraciones. Y se trabajaría con más ardor en favor de las almas en los países cristianos.

No necesitamos ir a tierras de paganos—ni aun dejar el estrecho círculo del hogar, si allí nos retiene el deber—a fin de trabajar por Cristo. Podemos hacerlo en el seno del hogar, en la iglesia, entre aquellos con quienes nos asociamos y con quienes negociamos.

Nuestro Salvador pasó la mayor parte de su vida terrenal trabajando pacientemente en la carpintería de Nazaret. Los ángeles ministradores acompañaban al Señor de la vida mientras caminaba con campesinos y labradores, desconocido y sin honores. Estaba cumpliendo su misión tan fielmente mientras trabajaba en su humilde oficio como cuando sanaba a los enfermos y andaba sobre las olas tempestuosas del mar de Galilea. Así también nosotros, en los deberes más humildes y en las posiciones más bajas de la vida, podemos andar y trabajar con Jesús.

El apóstol dice: “Cada uno permanezca para con Dios en aquel estado en que fué llamado” (1 Corintios 7:24). El hombre de negocios puede dirigir sus asuntos de un modo que por su fidelidad glorifique a su Maestro. Si es verdadero discípulo de Cristo, pondrá en práctica su religión en todo lo que haga y revelará a los hombres el espíritu de Cristo. El obrero manual puede ser un diligente y fiel representante de Aquel que se ocupó en los trabajos humildes de la vida entre las colinas de Galilea. Todo aquel que lleva el nombre de Cristo debe obrar de tal modo que otros, viendo sus buenas obras, sean inducidos a glorificar a su Creador y Redentor.

Muchos se excusan de poner sus dones al servicio de Cristo porque otros poseen mejores dotes y ventajas. Ha prevalecido la opinión de que sólo los que están especialmente dotados tienen que consagrar sus habilidades al servicio de Dios. Muchos han llegado a la conclusión de que únicamente cierta clase favorecida recibe talentos, y que esto excluye a los demás, que por supuesto no son llamados a participar de las tareas ni de los galardones. Pero no es ésta la enseñanza de la parábola. Cuando el señor de la casa llamó a sus siervos, dió a cada uno su trabajo.

Con espíritu de amor, podemos ejecutar los deberes más humildes de la vida “como para el Señor” (Colosenses 3:23). Si tenemos el amor de Dios en el corazón se manifestará en nuestra vida. El suave perfume de Cristo nos rodeará y nuestra influencia elevará y beneficiará a otros.

No debéis esperar mejores oportunidades o capacidades extraordinarias para empezar a trabajar por Dios. No necesitáis preocuparos de lo que el mundo dirá o pensará acerca de vosotros. Si vuestra vida diaria atestigua la pureza y sinceridad de vuestra fe, y los demás están convencidos de que deseáis hacerles bien, vuestros esfuerzos no serán enteramente perdidos. Los más humildes y más pobres de los discípulos de Jesús pueden ser una bendición para otros. Tal vez no crean que están haciendo algún bien especial, pero por su influencia inconsciente pueden iniciar olas de bendición que se extenderán y profundizarán, cuyos benditos resultados ellos mismos desconocerán hasta el día de la recompensa final. No les parece que estén haciendo algo grande. No necesitan cargarse de ansiedad por el éxito. Basta que sigan adelante quedamente, haciendo fielmente la obra que la providencia de Dios les asigne, y no habrán vivido en vano. Sus propias almas reflejarán cada vez mejor la semejanza de Cristo; son colaboradores de Dios en esta vida, y se están preparando para la obra más elevada y el gozo sin sombra de la vida venidera.

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El Camino a Cristo
   CAPÍTULO 9- “ EL GOZO DE LA COLABORACIÓN
Por: Elena G De White
Colaboradores: Adriana Jiménez & América Lara

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