“A Jehová he puesto siempre delante de mí; por qué está a mi diestra, no seré conmovido”. Salmos 16:8
Lo llamaban hermano Andrés. Su trabajo consistía en pasar Biblias de contrabando a través de lo que entonces se conocía como la cortina de hierro de Europa. Un día de 1961, el hermano Andrés cargó su pequeño y antiguo Volkswagen y se dirigió hacia Holanda con su amigo Hans. A medida que cruzaban las praderas y los valles de Alemania, oraban, rogando a Dios poder hacer llegar a las manos de los creyentes rusos las Biblias que llevaban escondidas.
Al pasar por Polonia, se les aceleró el pulso. ¿Podrían pasar, realmente, el cargamento sagrado, ante los perros guardianes gruñones y los rifles intimidantes de la guardia fronteriza soviética?
¡Sí! ¡Pudieron! Con aleluyas en el alma, Andrés y Hans se apuraron para llegar cuanto antes a Moscú. Al llegar a destino, ubicaron la Iglesia Bautista y asistieron a la reunión de oración del jueves por la noche.
Ahora tenían que ser especialmente precavidos. ¿A quién podrían confiar el tesoro sagrado que traían de contrabando? Sospechaban que podría haber informantes de la KGB entre los asistentes. A veces, hasta los pastores se veían bajo la presión de tener que denunciar a los contrabandistas de Biblias. En silencio, oraron, pidiéndole a Dios que los guiara. Al finalizar el servicio, el hermano Andrés y Hans permanecieron por un rato en el atrio, estudiando los rostros de los 1.200 adoradores que salían del lugar. De pronto, vieron a un hombre delgado, algo calvo y de unos cuarenta años.
—¡Ahí está nuestro hombre! —susurró Hans; y el hermano Andrés asintió.
Con el corazón latiéndoles deprisa, se presentaron cautelosamente al extraño y… ¡Vaya sorpresa! Encontraron que el hombre había venido de Siberia, justamente con la esperanza de encontrar una Biblia para su iglesia.
¡Y hasta había recibido, en sueños, la orden de viajar a Moscú!
Tras escuchar su impresionante relato, Hans comentó:
—A usted se le ordenó venir unas dos mil millas hacia el oeste para encontrar una Biblia, mientras que a nosotros se nos ordenó ir unas dos mil millas hacia el este, llevando estas Biblias; y ahora estamos aquí, en Moscú,
¡reconociéndonos al instante de vernos!
El hermano siberiano estaba emocionado. Tuvieron que calmarlo enseguida, para evitar que su gozo revelará el glorioso secreto. ¿Puede usted imaginar el gozo que le habrá embargado, al llevar a los suyos, al día siguiente, una docena de Biblias preciosas?
Dios es un estratega maestro›. El guía a los buscadores de la verdad hacia quienes son testigos de ella. Cuando nos acercamos a él con corazones sinceros, también nosotros podemos contar con la certeza absoluta de su dirección.
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«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
