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“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para
siempre: al Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le
conoce: mas vosotros le conocéis: porque está con vosotros, y será en vosotros”. (Juan 14:16-17)
En el transcurso de la dispensación hebrea la influencia del Espíritu de Dios se reveló
en forma señalada, pero no plena. Durante siglos se han elevado oraciones pidiendo el
cumplimiento de la promesa divina referente al otorgamiento de su Espíritu; ninguna de
esas fervientes súplicas ha sido olvidada.
Cristo decidió que cuando él ascendiera al cielo, concedería un don a los que habían
creído y a los que creerían en él. ¿Qué don sería lo suficientemente rico para señalar y
embellecer su ascensión hacia el trono del Intercesor? Debía ser digno de su grandeza y
condición de rey. Resolvió dar su Representante, la tercera persona de la Divinidad. Este
don no se podía sobrepujar. Cristo quería dar todos los dones en uno, y por lo tanto, su
donación fue el Espíritu divino, poder santificador, que ilumina y convierte…
El Espíritu fue dado según la promesa de Cristo, y como un fuerte viento descendió
sobre los que estaban congregados, llenando toda la casa. Descendió con plenitud y poder
como si por siglos hubiera estado contenido; y se derramó sobre la iglesia, para que ésta lo
transmitiera al mundo…
Los creyentes se convirtieron de nuevo. Los pecadores se unieron con los cristianos
para buscar la perla de gran precio. . . . Cada cristiano veía en su hermano la divina imagen
de la benevolencia y el amor. Un solo interés prevalecía. Un solo tema sorbía todos los
demás. Todos los pulsos latían en sano concierto. La única ambición de los creyentes era
ver quién podía revelar con mayor perfección la semejanza del carácter de Cristo, y quién
podía hacer más para ensanchar su reino. (BE, 27-02-1899)
Se envió el Espíritu Santo como el tesoro más preciado que el hombre pudiera recibir.
(BE, 22-05-1899) (38)
Devocional Vespertino
“Mi Vida Hoy”
Enero – Una vida consagrada
Por: Elena G. de White
