“Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).
Mateo tomó prestadas del profeta Isaías las palabras del texto de hoy, para explicar a sus lectores por qué Jesús llegó a la casa de Pedro, de inmediato sanó a su suegra y, cuando se ocultó el sol, recibió y liberó a muchos endemoniados y sanó a todos los enfermos que acudieron a donde él estaba. La forma en que Mateo relata todo esto resulta en un retrato muy nítido del inmenso amor de Jesús por el ser humano caído en la desgracia del pecado.
Precisamente para explicarnos el porqué de tanto amor, Mateo dice que lo que estaba ocurriendo era el cumplimiento de la profecía predicha por el profeta Isaías muchos siglos antes: “Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores” (Isa. 53:4, NVI). Estas palabras son una descripción muy hermosa del amor con que Cristo cumplió su misión aquí, en la Tierra. Él no solo vino a salvar a los hombres de la condenación del pecado, sino también vino a liberarlos del dominio de ese pecado sobre sus mentes y sus cuerpos.
Lo que movió a Cristo a venir a este mundo no fue un deseo de vengarse de Satanás ni de ganar victorias para sí mismo; fue el ser humano caído. Fuiste tú, fui yo, fuimos nosotros a quienes él vio dominados por demonios y enfermedades y deseó hacer algo para ayudarnos. Anheló venir y tomar nuestras enfermedades, por eso sanó a los enfermos. Él quiso que cada dolor que sintiera el ser humano fuera puesto sobre él para llevarlo por nosotros. Por eso no cesaba de sanar y ayudar; por eso no podía haber un demonio donde él estaba. Su ilimitado amor no toleraba ver a sus hijos sufrir.
